martes, 30 de diciembre de 2025

EN EL NOMBRE DEL DOLOR

 Foto: J.X.  



Con demasiada inocencia

en los ojos,

muy pronto fue perseguido

aquel niño

por una jauría

de miradas equívocas,

manos peligrosas

y palabras incomprensibles,

en colas y butacas

de cines de barrio,

en calles y playas.

No contaremos nada más,

salvo el dolor,

la soledad aterradora,

desoladora,

del inicio.

Decirlo, sí,

el escueto dolor,

sin contarlo en detalle.


Pasados los años,

en uno de los caminos de perdición,

encontró un atajo desértico,

sin hombres ni mujeres.

Un atajo abrupto donde

reposar y expiar

la inocencia vulnerada.

Expiación del dolor.

Sin dioses ni demonios,

ni otros seres inventados.

La expiación del dolor

por haber sido tan inocente,

extraviándose al cruzar

calles y playas,

en el principio,

en el inicio del camino.


Un día, de súbito,

apareció ella,

que también andaba extraviada

entre las piedras.

Una aparición en medio del camino.

Fue entonces,

desde ese atajo escarpado,

que empezó a desangrarse la culpa,

comenzó a fluir la sangre purificadora,

la jubilosa sangre del amor,

sin un porqué.

Hasta que un atardecer,

ya al final del atajo,

ella se levantó de la cama,

le dio un beso,

como ausente,

abrió la puerta de la habitación

y abandonó el Hospital,

coronada de flores,

se adentró en el mar

y jamás regresó.


A ti, me encomiendo.

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