Foto: J.X.
Deambulaba
solo, cabizbajo, por las calles estrechas y oscuras de la ciudad.
El
faro de una motocicleta le hizo levantar la vista y subió a la
acera. De pronto se detuvo, asombrado. De las altas paredes de una
calle colgaban unos extraños lienzos ensangrentados. Se acercó más
y comprobó que allí estaban colgados una parte de los desastres del
mundo, así como todos los desastres que el había provocado y
sufrido.
Los
lienzos goteaban sangre sobre la acera. Extendió las manos, se las
mojó en la sangre, se arrodilló allí mismo, y pidió perdón por
todo. Arrodillado bajo la misma sangre que no dejaba de gotear de los
lienzos.
El
estudiante de teología del barrio, que lo conocía del bar, dice que
este vecino no creía en Dios, en ningún Dios, aunque siempre pedía
perdón por todo. No sabe a quién o a quiénes pedía perdón, ni
por qué. Al parecer, se arrepentía de lo que había dicho y hecho a
lo largo de su vida. Pero como no era creyente, sino un iluminado sin
fe, nada ni nadie podía absolverle la culpa, o lo que fuera. En fin,
un tipo raro, opina, un visionario que veía lienzos empapados de
sangre colgados en las paredes de las calles.
Una
noche se quedó clavado de rodillas en una calle, bajo la sangre que
goteaba de unos lienzos, y ya no se levantó.





















