Mostrando entradas con la etiqueta Memorias. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Memorias. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de enero de 2017

"MANOS PELIGROSAS": CINE CASTILLA Y CINE ALARCÓN, DE BARCELONA


El Cine Castilla estaba en la calle Obradors, esquina calle Rull, y la mayoría de los niños entrábamos por la calle Escudellers.
Como era un cine de barrio, muy familiar, no lo frecuentaban los pederastas.
Aunque en el Cine Alarcón, que estaba en la misma calle Escudellers, junto al Bar Cosmos, ya comenzaba en realidad la ruta de la selva para los niños que iban solos al cine.
El acoso de los pederastas, en los años 50-60, aumentaba en el Cine Latino, ya en las Ramblas, que estaba entre el Cine Principal Palacio y el Cine Ramblas, y un poco más allá el Cine Mar.
El acoso continuaba en el Cine Edén y Cine Barcelona, situados en la calle Conde del Asalto (o calle Nueva), y el Cine Unión, en la calle del mismo nombre, junto a la Rambla.
Por lo menos así ocurría a este lado de Ciutat Vella, donde estaban los cines que más frecuentábamos de niños, en familia o bien cuando ibámos solos, muy a menudo (el cine y los tebeos eran nuestra locura).
Más allá, en el corazón del Barriochino y el Paralelo, algunos amigos vivían lo mismo que a este lado del barrio, junto a las Ramblas.
Era en esta zona donde comenzaba para los niños el verdadero peligro de la selva de esos perseguidores que se encaprichaban obsesivamente de este o aquel niño (te seguían de un cine a otro, saltaban de una butaca a otra detrás tuyo, hasta que intervenía el acomodador del cine enfocándolos con su linterna).
O simplemente te levantabas y te ibas del cine, harto y atemorizado por aquellas "manos peligrosas", que no eran precisamente de ficción, las manos peligrosas de una película policiaca).

..............................................................................................................
Fotografía: Oriol Maspons,  Calle Escudellers 
(Se puede ver un poco el cartel del Cine Castilla que se anuncia en la esquina, cerca del Bar Tequila, famoso en el barrio por sus billares, juergas de marines y un par de futbolines, situados a la entrada del bar, donde jugábamos los niños aunque las madres nos prohibían ir).

lunes, 28 de noviembre de 2016

DE PASIONES Y MUERTES

Pasión amorosa: Dicen que Juana la Loca, la hija de los Reyes Católicos, y su séquito vagaron durante ocho meses en peregrinación funeraria, arrastrando el ataúd de su esposo, Felipe el Hermoso, por caminos de Burgos, hasta llegar a Granada. Cuenta la leyenda que por las noches Juana oía la voz del difunto y conversaba con él.

Pasión política: Dicen que el séquito de las cenizas de Fidel Castro recorrerá 1000 kilómetros, a lo largo de nueve días, desde la Habana a Santiago de Cuba, en una peregrinación funeraria que seguirá el itinerario que recorrió la Caravana de la Libertad en 1959. 

jueves, 4 de junio de 2009

MALA MEMORIA PERIODÍSTICA DE TV3 AL CITAR AL PRESIDENTE OBAMA COMO EL PRIMER OFICIANTE DE LA PAZ EN EL PRÓXIMO ORIENTE

Matilda Sagan, Al otro lado












1995, EN LA ÉPOCA DE LA PRESIDENCIA DE BILL CLINTON
(Isaac Rabin, Bill Clinton y Yasser Arafat durante la firma de los Acuerdos de Oslo en la Casa Blanca, el 13 de septiembre de 1993.)

El sábado 4 de noviembre de 1995, con el ánimo de reforzar a los partidarios del proceso de paz, fue convocado un mítin multitudinario en la Plaza de los Reyes, de Israel (hoy plaza Yitzjak Rabin), de Tel Aviv, con el slogan «Si a la Paz, no a la violencia», con la participación de artistas y políticos de centroizquierda e izquierda, encabezados por el propio Primer Ministro. En su último discurso dirigido a los miles de participantes declaró:
«Fui hombre de armas durante 27 años. Mientras no habia oportunidad para la paz, se desarrollaron múltiples guerras. Hoy, estoy convencido de la oportunidad que tenemos de realizar la paz, gran oportunidad. La paz lleva intrínseca dolores y dificultades para poder ser conseguida. Pero no hay camino sin esos dolores».

Al culminar la asamblea, y después de cantar «La canción de la paz» (שיר השלום), a las 21:40 procedió Rabin a retirarse del lugar, bajando del estrado por unas escaleras laterales, al cabo de las cuales le esperaba un fanático religioso, Igal Amir,
que le disparó por la espalda, instantes antes de subir a su coche oficial. Isaac Rabin, gravemente herido, fue llevado de urgencia al hospital "Íjilov" ubicado en las proximidades, donde fue declarado muerto al cabo de 40 minutos de haber ingresado.
( Wikipedia).

Otro cronista del barrio

viernes, 21 de noviembre de 2008

TIEMPO DE DESTRUCCIÓN











YouTube - El proceso 13/13




Edvard Munch, Angustia

I. Transporte de cuerpos y espíritus

Junto a mí había ido durante todo el viaje, aprisionada como yo entre un cuerpo y otro, una mujer. Nos conocíamos hacía muchos años y la desgracia nos había golpeado a la vez, pero poco sabíamos el uno del otro. Nos contamos entonces, en aquel momento decisivo, cosas que entre vivientes no se dicen. Nos despedimos, y fue breve; los dos, al hacerlo, nos despedíamos de la vida. Ya no teníamos miedo.

Primo Levi, Si esto es un hombre
(trad. P. Gómez Bedate, Muchnik Ed., Barcelona, 1987)

II. La banalidad del mal

Fue como si en aquellos últimos minutos resumiera la lección que su larga carrera de maldad nos ha enseñado, la lección de la terrible banalidad del mal, ante la que las palabras y el pensamiento se sienten impotentes.
(...)
También comprendo que el subtítulo de la presente obra puede dar lugar a una auténtica controversia, ya que cuando hablo de la banalidad del mal lo hago solamente a un nivel estrictamente objetivo, y me limito a señalar un fenómeno que en el curso del juicio resultó evidente. Eichmann no era un Yago ni era un Macbeth, y nada pudo estar más lejos de sus intenciones que “resultar un villano”, al decir de Ricardo III. Eichmann carecía de motivos, salvo aquellos demostrados por su extraordinaria diligencia en orden a su personal progreso. Y, en sí misma, tal diligencia no era criminal; Eichmann hubiera sido absolutamente incapaz de asesinar a su superior para heredar su cargo. Para expresarlo en palabras llanas, podemos decir que Eichmann,
sencillamente, no supo jamás lo que se hacía.

Hannah Arendt, Eichmann en Jerusalén (Un estudio sobre la banalidad del mal),
(trad. C. Ribalta. Ed. Lumen, Barcelona, 1999)

III. Sobre “la banalidad del mal”, o el mal ejecutado por hombres corrientes, respondió así Jean Améry (seudónimo francés del ensayista austríaco Hans Mayer) a Hanna Arendt

No existe, pues, la “banalidad del mal”, y Hanna Arendt, que se refirió a ello en su libro sobre Eichmann, conocía al enemigo del hombre sólo de oídas y lo observaba sólo a través de la jaula de cristal.
(...)
Pero en el mundo de la tortura, el hombre subsiste sólo en la destrucción del otro. Una ligera presión con la mano provista de un instrumento de suplicio basta para transformar al otro, incluida su cabeza, donde tal vez se conservan las filosofías de Kant y Hegel y las nueve sinfonías completas y El mundo como voluntad y representación, en un puerco que grita estridentemente de terror cuando lo degüellan en el matadero. El torturador mismo puede entonces, cuando ha ejecutado todo, expandiéndose en el cuerpo del prójimo y extinguiendo cuanto le quedaba de espíritu a la víctima, fumarse un cigarrillo o desayunar o, si tiene ganas, ensimismarse en la lectura de
El mundo como voluntad y representación.
Cuando se cansaron de torturarme, aquellos tipos de Breendonk se contentaron con unos pitillos y seguramente dejaron en paz al viejo Schopenhauer. Pero no por este motivo, el mal que me infligieron era banal. Eran, si se quiere, estólidos burócratas de la tortura. Pero eran también algo más...

Jean Améry, Más allá de la culpa y la expiación
(trad. E. Ocaña, Ed. Pre-Textos, Valenca, 2004)

IV. El día después y los pasos

Por mucho que escuchara, siempre hablaban de lo mismo, la libertad, pero no decían ni una palabra de la sopa. Yo estaba, por supuesto, muy contento de que fuéramos libres, pero no podía evitar pensar que el día anterior no había ocurrido nada por el estilo, pero teníamos sopa.
(...)
“De todas formas –añadí- yo no me di cuenta de que eran horrores”. Se quedaron muy sorprendidos con mi respuesta y me preguntaron cómo debía interpretarse eso de que “no me di cuenta”. Entonces les pregunté qué habían hecho ellos en aquellos “tiempos difíciles”. -“Pues... vivir”, dijo uno. –“Intentar sobrevivir”, dijo el otro. Claro, observé, habían dado una paso tras otro. Querían saber qué significaba eso de los pasos, y yo les conté cómo se hacía eso en Auschwitz. Había que calcular más o menos –les dije, añadiendo que tampoco conocía los números exactos- unas tres mil personas por tren. De ellas, por ejemplo, mil hombres. Sin contar las personas que estaban al principio y al final de la cola, había que calcular un segundo o, como máximo, dos para cada examen de aptitud. Entonces, para los que nos encontrábamos hacia la mitad, como yo, había que calcular una espera de diez o veinte minutos hasta llegar al punto donde se decidía si íbamos al gas enseguida o nos quedaba de momento cierta posibilidad de seguir con vida. Entretanto, la cola se movía, avanzaba sin parar, todos íbamos dando pasos, más grandes o más pequeños, dependiendo de la velocidad del procedimiento.

Imre Kertész, Sin destino
(trad. Judith Xantus, Acantilado Ed., Barcelona, 2001)

V. Un cuenco de sopa

El pan, la sopa, era toda mi vida. Era un cuerpo. Tal vez menos aún: un estómago hambriento. Y sólo el estómago sentía pasar el tiempo.
(...)
De vez en cuando se me ocurría soñar. Con un poco de sopa. Con un suplemento de sopa.
(...)
Como no teníamos permiso para inclinarnos, cada uno había sacado su cuchara y comía la nieve acumulada sobre la espalda del vecino. Un bocado de pan y una cucharada de nieve.

Elie Wiesel, La noche, el alba, el día
(trad. Fina Warschaver, Muchnik Ed., Barcelona, 1975)

AT





viernes, 14 de noviembre de 2008

MEMORIAS A DEBATE, II (Giménez-Frontín y la ciudad)

Mª. del Mar Bonet y Jaume Sisa con el "Grup de Folk", en los años sesenta
(Parc de la Ciutadella, Barcelona)


UN RETRATO DE LOS TIEMPOS

Uno de los aspectos más interesantes que se ofrece al lector de autobiografías y memorias es la posibilidad de inferir, con cierto conocimiento del asunto, la relación que el autobiógrafo mantiene consigo mismo, a partir de la forma en que construye su perspectiva de los diferentes personae que habitan y han habitado en su cabeza y con los que está obligado a convivir. Que no somos de una pieza, que el sujeto se ve obligado a mantener a raya a múltiples yoes generados en su larga relación con los demás, con el mundo, fue suficientemente estudiado por Carlos Castilla del Pino (Teoría de los sentimientos, 2000). Pero importa decir que la escritura autobiográfica renueva y vivifica el postulado intelectual constantemente. Tal vez no haya tema más apasionante de análisis que la observación reiterada, nunca fatigosa, de esa apertura de compás que el autobiógrafo traza respecto a sus múltiples identidades en el pasado, las líneas de fuga que, en conjunto, dibujan una silueta definida: el sentido que da a su propia experiencia, en su dimensión más pública (memorias), o privada (autobiografía).


El prólogo a Los años contados, del escritor José Luis Giménez-Frontín, plantea honestamente esta cuestión: expone su temor a perder la perspectiva, abandonarse a la infatuación y a la puesta en escena interesada de sí mismo. La resuelve, con un punto de comodidad, proponiendo al lector un “retrato de los tiempos”. Opta pues por el formato de las memorias. Pero siempre es el tiempo de las memorias, escrituras a medio camino entre la agitación de la actualidad y el frío de la Historia.

La horquilla biográfica que se propone al lector va de un recuerdo borroso de un niño en una cuna con barrotes de color marfil hasta su cese como director de una importante fundación cultural, pasando por lo que él llama una última vuelta de tuerca a su texto (capítulo 70), donde critica las inercias contraídas por la generación de la lucha antifranquista, su generación: “Éramos expertos en mirar siempre hacia otro lado. Pequeños maestros de la impostura, eso es lo que éramos”. Porque, en efecto, los tiempos permitían condenar duramente la disidencia soviética, mientras se aceptaba la megalomanía de una supuesta razón de Estado, como planteó en su día Martin Amis en Koba el Terrible. Giménez- Frontín dice sentirse ahora muy alejado de los partidos políticos. El único que podría representarlo es un partido sin ansia de poder, un partido que no tiene himno ni bandera. Es el de Giner de los Ríos, María Zambrano, Isaias Berlin, Albert Camus, Hannah Arendt, Nina Hagen-Thorn. Ya ven que no es un partido cualquiera: es el de quienes siempre defendieron el entendimiento y la libertad, costara lo que costase. (Ahora lo que cuesta es tunear el coche de Ernest Benach).

En Los pasos contados, Giménez-Frontín recorre muchos pasajes que forman parte ya de un imaginario memorialístico (catalán, burgués y castellanohablante) muy establecido y, sin embargo, siempre matizable: los jesuitas de la calle Caspe, el veraneo en Caldetas, después en Cadaqués, los estudios en la activa Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona, la rebeldía marxista, la bohemia generacional de los sesenta, el antifranquismo. Pero ahí empiezan las divergencias del autor, siempre suavizadas por una prosa que aspira a hacer atestado de sí mismo. Su llegada a Bristol en 1971 y el contacto con la juventud inglesa, entonces a la vanguardia de Europa, marcó un antes y un después en la configuración de su mundo personal y literario, atraído desde entonces por la filosofía oriental y el conocimiento de las construcciones simbólicas (léase Woodstock road en julio, de 1996).

El punto de comodidad al que me refería está relacionado con el descarte del autor de aquellos aspectos pertenecientes a su educación sentimental, apenas insinuada. Aunque la opción sea coherente con la elección del modelo memorialístico (que atiende a los orígenes, la formación, los grados de compromiso, los cambios), es de lamentar que no incluya el tanteo de la intimidad. Se nos dice, en el único capítulo irritado del libro, que la actual exhibición pública y obscena de los sentimientos en el medio televisivo ha fagocitado su expresión, incluso literaria. ¿Cómo expresar “lo sentimental” de un modo no gastado? se preguntaba recientemente Julián Rodríguez en Cultivos. Es un tema que reclama un debate en profundidad y en el que debería implicarse toda la sociedad española. Mientras tanto, entiendo que la observación de Giménez -Frontín es un refugio, no una explicación. Pero el “pacto memorial” es otro, menos preocupado por la introspección que por un deseo de conservación. Y aquí el autor de Los años contados acierta plenamente.


Anna Caballé

jueves, 13 de noviembre de 2008

MEMORIAS A DEBATE

María-Helena Vieira da Silva, Jardines colgantes

















UN LIBRO DE REFERENCIA

Hace dos meses que tenemos en las librerías el volumen de memorias -no la autobiografía, porque estrictamente el término comporta otro protocolo literario- de José Luis Giménez-Frontín,
Los años contados. Indico el tiempo porque hay una manera de hablar de los libros en términos de servicio de novedades, donde son obligadas las dimensiones informativa y crítica; y otra, una vez que el libro, pasada esta fase, ya ha entrado en un ritmo de fondo. Entonces -ahora-, el cronista, liberado de estas servidumbres (y todavía más desde las páginas de opinión), puede hacer balance y mirar el caso con la perspectiva de la referencia de los otros.


Tal liberación se resquebraja cuando el cronista constata que, los que tenían que hacer el trabajo con el libro recién salido, no lo han hecho demasiado bien
-para utilizar un eufemismo frontiniano. Sorprende, salvo alguna excepción (excelente, nuestro amigo Castillo en el “Avui”), el poco eco mediático de esta crónica de la sociedad literaria y de un sector importante de la sociedad civil, que va de la segunda mitad del franquismo -la época del 600 y las revueltas de estudiantes- hasta la actualidad. Para entenderla desde una óptica intelectual y artística, y dentro de ésta la más imbricada y comprometida con la sociedad, Los años contados es -tendría que ser- una obra de referencia. ¿Dónde está la sociedad literaria retratada en sus páginas a la hora de recibir este regalo? La pregunta es retórica: con tantas desapariciones, tal sociedad debe de haber dejado de existir.

¿Puede haber sido determinante -pregunto- la falta de escándalo y sangre, la falta de amarillez pseudomediática en estas páginas elegantes y mesuradas? De la moderación, en el sentido montaigniano, y de la justicia histórica,

Giménez-Frontín ha hecho un ejercicio de estilo, una máquina de relojería cuyo exactitud emocional no se permite el más mínimo desfallecimiento. Utiliza la misma retórica tanto para describir un hecho divertido, como al tratar uno que lo ha herido o que ha provocado un agravio moral y un perjuicio material en su vida. He ahí una opción literaria, pero también una manera de asegurarse el control sentimental. Para un devoto del barroco como este cronista, este método -los retóricos lo llaman homogeneidad de la cláusula- es de gran valor, y Giménez-Frontín lo ejercita de forma implacable e impecable, con un éxito irrefutable.

Por otro lado, de este tratamiento, que es una rotunda declaración de principios tanto literarios como morales, sale un espléndido autorretrato, elaborado a tal efecto, implícitamente, a lo largo de las casi cuatrocientas cincuenta páginas del libro. Giménez-Frontín nos transmite qué ha visto y cómo lo ha incorporado al contenido, y además, en el modo de explicarlo, nos dice cómo es él mismo; nos retrata su bondad, su sentido de la equidad y de la justa consideración de los actos propios y de los demás, sin que en ningún momento, ni en los más difíciles, ni en los más conflictivos, el discurso se le escape de las manos. El lector encontrará mucha y muy buena información histórica, pero también un modelo de nobleza para situarse uno mismo en medio de los hechos vividos.

(Traducido del catalán)

Miquel de Palol
..............................................................

Un llibre de referència

Fa dos mesos que tenim a les llibreries el volum de memòries –no l'autobiografia, perquè estrictament el terme comporta un altre protocol literari– de José Luis Giménez-Frontín “Los años contados”. Assenyalo quant fa perquè hi ha una manera de parlar dels llibres en termes de servei de novetats, on són obligades les dimensions informativa i crítica, i una altra un cop el llibre, passada aquesta fase, ja ha entrat en un ritme de fons. Aleshores
–ara–, el cronista, alliberat d'aquestes servituds (i encara més des de les pàgines d'opinió), pot fer balanç i mirar el cas amb la perspectiva de la referència dels altres.

Tal alliberament s'esquerda quan el cronista constata que els qui havien de fer la feina amb el llibre acabat de sortir no l'han fet gaire bé –per utilitzar un eufemisme frontinià. Sobta, tret d'alguna excepció (excel·lent, el nostre amic Castillo a l'Avui), el poc eco mediàtic d'aquesta crònica de la societat literària i d'un sector important de la societat civil que va de la segona meitat del franquisme –l'època del 600 i les revoltes d'estudiants– fins a l'actualitat. Per entendre-la des d'una òptica intel·lectual i artística, i dins d'aquesta la més imbricada i compromesa amb la societat, Los años contados és –hauria de ser– una obra de referència. On és la societat literària retratada en les seves pàgines, a l'hora de rebre aquest regal? La pregunta és retòrica: a cop de desaparicions, tal societat deu haver deixat d'existir.

Pot haver estat determinant, pregunto, la falta de sang i fetge, la falta de grogor pseudomediàtica d'aquestes pàgines elegants i mesurades? De la moderació, en el sentit montaignià, i de la justícia històrica, Giménez Frontín n'ha fet un exercici d'estil, una màquina de rellotgeria d'embridament emocional que no es permet el més mínim defalliment. Utilitza la mateixa retòrica per descriure un fet divertit que per un que l'ha ferit i ha estat un greuge moral i un perjudici material en la seva vida. Vet aquí una opció literària, però també una manera d'assegurar-se el control sentimental. Per un devot del barroc com aquest cronista, aquest mètode –els retors en diuen homogeneïtat de la clàusula– és una gran qualitat, i Giménez Frontín l'exercita de forma implacable i impecable amb un èxit inobjectable.

A més, d'aquest tractament que és una rotunda declaració de principis, tant literaris com morals, en surt un esplèndid autoretrat, elaborat per tal efecte implícit al llarg de les quasi quatre-centes cinquanta pàgines del llibre. Giménez Frontín ens transmet què ha vist i com ho ha encarat en el contingut, i a més, amb la manera d'explicar-ho ens diu com és ell mateix, ens retrata la seva bondat, el seu sentit de l'equitat i de la justa consideració dels actes propis i dels altres, sense que en cap moment, ni en els més difícils, ni en els més conflictius, el discurs se li escapi de les mans. El lector hi trobarà molta i molt bona informació històrica, però també un model de noblesa per situar-se un mateix enmig dels fets que ha viscut.