Foto: J.X.
Cuando la veía desde la calle,
atendiendo en la caja del supermercado,
se apresuraba a entrar,
escogía un paquete de té
o de pañuelos de papel,
se dirigía a la caja,
y le preguntaba
a la cajera,
titubeando,
si disponían de cambio
de un billete de 50 euros.
Siempre la misma pregunta,
a la misma cajera,
que invariablemente
le respondía que sí.
¿Por qué tanto misterio?
Le gustaba,
mediante la operación de cambio
del billete de 50 euros,
demorarse
con las monedas y billetes pequeños,
y poder rozarle así
las puntas de los dedos.
Llegando incluso, a veces,
aparentando confusión,
a rozarle bien
parte de la mano.
A Ella
-que no era ella,
ni ésta ni aquélla,
sino la hechicera caminando
bajo el cielo de los bosques-,
no le hubiera gustado esta parodia,
ese transformismo poético
mediante dinero en metálico,
de un idilio ridículo en el supermercado.
O sí, ¿por qué no?
Sí.
Ven conmigo
-primero,
sal del escondite, hechicera-,
y te mostraré
a este viejo amigo nuestro
ensayando folletines románticos
con la cajera del supermercado.






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