Foto: J.X.
I
Esta mañana viviré
para decir
que dejo de escribir,
que no te escribiré
aquello que deseaba hablar contigo,
y de lo cual
tan sólo anunciaré
las primeras palabras.
Infinita, la desoladora ausencia de ti.
II
VOLVER A ESCRIBIRLO
Quería desaparecer.
Ser succionado
por la tierra de un bosque,
por otro cuerpo,
o por el mar,
succionado hasta el fondo,
hasta el final.
Dejar de escribir
la inocencia,
el amor,
el fracaso.
Dejar de escribir
la culpa,
el desamor,
la dificultad de vivir.
Dejar de escribir
el perdón imposible,
la redención,
la muerte.
Dejar
de escribir,
de una vez por todas,
y, pese a todo,
vivir,
y volver a escribirlo.
III
ADIVINAR
EL SUEÑO
Dar
forma
a otro poema
-clavo al rojo vivo-,
donde agarrar
el agujero del alma,
en que, tal vez, resulte
al fin,
cero flamante,
círculo o circo luminoso.
El poema,
limpieza interior
del cuerpo.
El poema,
“clínica y lavajes”
del alma.
Purificación necesaria,
agradecida,
aunque vana talvez.
Soñar,
y no decir
aquello que sueñas.
Enardecer, sin embargo,
la deliciosa sospecha
que alguien (no sabemos quién)
lo adivina,
y entra por la rendija
de tu sueño.
Ver, juntos,
cómo se funde
el tiempo de la soledad mal vivida.
La encarnación y la ceniza del poema.
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