Foto: J.X.
Se oía
el rumor de una voz.
Al distinguirla mejor
y escuchar mejor el cuento,
adivinabas siempre la misma historia,
con variaciones
y disonancias.
Decía la voz:
“Nadie vendrá
a salvarme,
y seguiré aquí,
en esta madriguera
de conejos perseguidos,
atrapado en las montañas más altas.
Nadie vendrá
a esta guarida destinada
a los desertores de la vida.
Nadie vendrá a rescatarme
de las garras del terror.
Ni tampoco aparecerá, iluminada,
la desconocida del cuento.”
Sólo de este modo,
contando su triste leyenda,
se consolaba
las noches en que salía
a mirar las estrellas,
alejándose un poco de la madriguera,
con la esperanza de encontrar, tras un árbol,
la flor mágica de los bosques perdidos.
Aquella inmensa flor encendida
cuyos pétalos
adormecieran las heridas del fugitivo,
lacerado por dentro.
Sin embargo, ella,
que era la amada del bosque,
la bella desconocida del cuento,
tenía también vulnerado el cuerpo,
por el veneno de un mal amor.
No podía levantarse y andar
para llegar a la madriguera
donde se ocultaba el desertor,
liberarlo y ofrecerle otro refugio
y un consuelo de fruta abierta.








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