DOS CUENTOS-POEMAS PUBLICADOS EN:
Café Montaigne, Revista Cultural
INTENTO DE IDILIO ROMÁNTICO
EN EL SUPERMERCADO
Cuando la veía desde la calle,
atendiendo en la caja del supermercado,
se apresuraba a entrar,
escogía un paquete de té
o de pañuelos de papel,
se dirigía a la caja,
y le preguntaba
a la cajera,
titubeando,
si disponían de cambio
de un billete de 50 euros.
Siempre la misma pregunta,
a la misma cajera,
que invariablemente
le respondía que sí.
¿Por qué tanto misterio?
Le gustaba,
mediante la operación de cambio
del billete de 50 euros,
demorarse
con monedas y pequeños billetes,
y poder rozarle así
las puntas de los dedos.
Llegando incluso, a veces,
aparentando confusión,
a rozarle
parte de la mano.
A Ella
-que no era ella,
ni ésta ni aquélla,
sino la hechicera caminando
bajo el cielo de los bosques-,
no le hubiera gustado esta parodia,
ese transformismo poético
mediante dinero en metálico,
de un idilio ridículo en el supermercado.
O sí, ¿por qué no?
Sí.
Ven conmigo
-primero,
sal del escondite, hechicera-,
y te mostraré
a este viejo amigo nuestro
ensayando folletines románticos
con la cajera del supermercado.
EL CUENTO DE LA MADRIGUERA
I
Se oía
el rumor de una voz.
Al distinguirla mejor
y escuchar mejor el cuento,
adivinabas siempre la misma historia,
con variaciones
y disonancias.
Decía la voz:
“Nadie vendrá
a salvarme,
y seguiré aquí,
en esta madriguera
de conejos perseguidos,
atrapado en las montañas más altas.
Nadie vendrá
a esta guarida destinada
a los desertores de la vida.
Nadie vendrá a rescatarme
de las garras del terror.
Ni tampoco aparecerá, iluminada,
la desconocida del cuento.”
II
Sólo de este modo,
contando su triste leyenda,
se consolaba
las noches en que salía
a mirar las estrellas,
alejándose un poco de la madriguera,
con la esperanza de encontrar, tras un árbol,
la flor mágica de los bosques perdidos.
Aquella inmensa flor encendida
cuyos pétalos
adormecieran las heridas del fugitivo,
lacerado por dentro.
Sin embargo, ella,
que era la amada del bosque,
la bella desconocida del cuento,
tenía también vulnerado el cuerpo,
por el veneno de un mal amor.
No podía levantarse y andar
para llegar a la madriguera
donde se ocultaba el desertor,
liberarlo y ofrecerle otro refugio
y un consuelo de fruta abierta.
Albert Tugues










.jpg)