Foto: J.X.
Sin
que la gente se diera cuenta,
él
oficiaba un vía crucis personal
por
las calles de la ciudad.
Iba
de una calle a otra,
en
peregrinación,
casi
siempre por las mismas calles.
Se
paraba frente al escaparate
de
esta o aquella tienda,
como
si fueran lugares sagrados:
los
pasos del calvario
que
recorre,
en
secreto,
su
vía crucis callejero.
Entonces,
ahí parado,
delante
de cada escaparate,
musitaba
en silencio
unas
palabras de contrición.
Eran
oraciones breves
aprendidas de su tía abuela,
que las inventaba,
lejos
de los dioses,
cuyo
principio era siempre el mismo:
A
ti, amada o amado, me encomiendo.
Oraciones
dedicadas
a algunas personas muertas
que
lo ayudaban,
con
su custodia,
a
derretir
el peso
de
la cadena de hielo
que
llevaba dentro.
Cada
palabra rezada,
cada
verso,
era
una forma de castigo,
pero
también de reparación.
Un
cargo de muerte
a
su vida,
trastocada
por amor.
Estas cosas pasan
cuando cuerpo y alma
son un lío continuo.