Foto: Judith Xifré
Tenía un problema
que no podía resolver.
Intentar hablarlo..., imposible...,
sería otro problema más.
Escribirlo, sí,
hubiera podido escribirlo,
pero, al formularlo, habría oscurecido
el problema de tal forma,
mediante fabulaciones,
que no quedaría resuelto en absoluto.
En suma:
continuaría teniendo un problema
que no sabía cómo resolver,
de un forma clara,
sin metáforas.
Por lo tanto, comenzó el silencio.
Fue así como empezó
a querer sopesar
la cantidad exacta de silencio
que podía caber
en una vida...,
al no poder decir lo que quería...,
la cantidad de silencio
que podía destruir a una persona
al no poder revelar
lo que tanto le angustiaba.
Así fue como él, al fin,
cayó aplastado
por el dolor,
por el peso del silencio
de los últimos días,
en que ella, su amada,
inconsciente, respiraba aún
entre las paredes blancas,
yéndose cada vez más lejos.
Hasta que ya no pudo volver.
En aquel mismo instante,
en el instante del gran silencio,
todo el silencio de ella
se encarnó dentro de él,
dos silencios en un solo silencio,
infinito, amoroso.
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