Foto: J.X.
I
El Orfeo de barrio
cruza otra vez la tierra limítrofe,
y traspasa el corazón de las tinieblas.
Observa que unos restos de luz
permanecen en las flores que ardieron en este lugar,
pero sin alcanzar a iluminar el otro lado,
el lugar donde la Eurídice de barrio
desapareció.
Ambos,
el Orfeo de barrio
y la Eurídice de barrio,
prosiguen buscándose en vano
en esta tierra de cenizas,
en este inframundo.
El Orfeo de barrio
alarga la canción
para que ella,
Eurídice de barrio,
reviva.
Pero no es consuelo
ese canto, ni milagroso.
No hay sonido alguno
que pueda enmascarar
la ausencia, la muerte,
más abajo
del corazón de las tinieblas.
II
Colgado en la cruz de papel
del poema,
el Orfeo de barrio
repasa las tentaciones
que malgastaron el amor.
Al mismo tiempo
que lo anuncia,
duda
del propósito de enmienda,
y decide
no contar nada más.
Es anunciación
de aquello
que no se encarnará
en el poema.
Los exorcistas,
sin ángeles caídos a la vista,
sin ángeles caídos al oído,
se quedaron sin palabras,
con la boca abierta.
III
No encuentro las cenizas de tu cuerpo,
y en vano, con mis canciones,
me encomiendo a tu alma.
No sé dónde,
en qué lugar profundo del bosque,
entre qué raíces,
podríamos encontrarnos.
Toda la tristeza de la tierra
se derrama en estos versos,
arrasadas las raíces
hasta lo más hondo.
Desclávame, querida ausente,
los alfileres de esta cruz de papel,
que, sin ti, me atormentan.













