Foto: J.X.
I
Eran dos jóvenes que se querían.
Uno partió.
El otro,
no partió y se quedó
hablando con el dolor
sobre los fracasos
del primer amor.
Pasaron demasiado tiempo,
juntos, el dolor y él.
Compusieron
un réquiem casero,
y algunos versos:
¿Hay amores y almas
para usar y tirar?
¿Es el cuerpo
el que resiste
los ultrajes de la vida,
hasta la oscuridad final?
El pobre cuerpo, exánime,
las almas, muertas,
¿todo organizado
por gusanos de seda
y valvas de nácar
para celebrar
la última cena,
bajo tierra?
II
El oficio de vivir,
escribió Cesare Pavese.
Ese no sabemos qué,
ese sentir,
ese peso
que, una persona,
sola o acompañada,
sostiene
en la espalda del alma,
que es el sufrido cuerpo.
Días, semanas, meses, años,
esclavizado
aquel que no partió
y se quedó,
esperando en vano
en el infierno del barrio.
Días, semanas, meses, años,
sin poder ir a los mismos sitios
donde había sido feliz.
III
Cuando se desmorona el cuerpo,
no siempre es posible resistir,
ni la suerte,
en última instancia,
suele ser favorable.
Entonces,
cae también, alborotada,
el alma.
Al final del camino,
llamó a la verja de un jardín,
musgoso, escondido.
Abrieron la puerta.
Escudriñaron
su lastimoso aspecto.
Le dijeron,
sintiéndolo mucho,
que era demasiado tarde
para darle asilo.
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