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lunes, 20 de julio de 2009

PROGRAMAS DE VERANO, 2009











AMANECER VERANIEGO

Los primeros rayos del sol se desperezaban tras la montaña de Montjuïc, sin haber logrado superar, todavía, la alzada del edificio situado al otro lado de la avenida, proporcionando una imagen a contraluz, matizada por un efecto vaporoso.

En el lecho de la sombra proyectada, un hermoso jilguero calmaba su sed en un charco formado por la condensación de un aparato de aire acondicionado del coche que, hacía un instante, había parado obligado por un apático semáforo.

El asfalto se ofrecía, caliente, a todos los vehículos que más tarde rodarían sobre él, rumbo a las playas dominicales.

Raúl Yagüe

lunes, 27 de abril de 2009

OTRA EXPERIENCIA EN LA ESCALERA (en prosa)

Entrada a la calle de Escudellers (Barcelona)





















EN LA ESCALERA Nº. 1: LA NARRACION

Como cada día, poco antes de las diez de la noche, fui preparando la basura para bajarla al contenedor en la calle, justo frente al portal, y como cada día, unos diez minutos después, mi vecino del piso de arriba ya bajaba la suya con la misma intención. Este ritual cotidiano me había sorprendido alguna vez que yo me había retrasado, pues casualmente mi vecino también solía retrasarse entonces.

Aquel día,cuando el ascensor llegó al vestíbulo, la luz estaba estropeada. Salí a la calle, tiré la bolsa de basura en el contenedor y una vez en el vestíbulo, cuando me dirigía al ascensor, se me cayeron las llaves al suelo. Con la escasa luz que entraba de la calle, no podía ver dónde habían ido a parar y de cuclillas fui rastreando el suelo hasta que las encontré y, en aquel momento, se puso en marcha el ascensor que supuse había llamado mi vecino.

No se por qué motivo tuve el impulso de esconderme y precipitadamente subí el primer tramo de escaleras, ocultándome detrás de la caja del ascensor. Efectivamente, era mi vecino, que vi al contraluz de la calle dirigirse hacia los contenedores con una bolsa de plástico, vacía, en la mano. Cuando estuvo frente a los contenedores, miró en todas direcciones y ante mi estupor vi cómo con dificultad sacaba varias bolsas del interior. En cuclillas, las fue abriendo y escogiendo los restos que iba poniendo en la bolsa que el había traído. Con cuidado fue cerrando las bolsas, antes de incorporarse volvió a mirar en todas direcciones y las devolvió al contenedor. Con su perfil recortado al trasluz de la calle, vi cómo entraba de nuevo en el edificio y en la oscuridad se dirigía al ascensor. Permanecí un rato no sé cuán largo, inmóvil y con un agudo dolor en el estomago. Aturdido, fui bajando lentamente el tramo de escaleras, con temor de hacer ruido llamé el ascensor y sigilosamente volví a mi piso.

Aquella noche casi no dormí, no podía quitarme la imagen de mi vecino en el vestíbulo. Me di cuenta de que hacía muchos años que no le veía, recordé cuando el vivía con su familia , su mujer y dos chicos. Era una persona madura, elegante y agradable, y creo que me había comentado que era ingeniero de una empresa de obras publicas. Pero hace tiempo que vive solo y ya no había vuelto a saber nada de él, salvo que solía bajar a “tirar la basura” después de que lo hiciera yo.
Desde aquel día, antes de cerrar la basura para bajar a tirarla, abría la nevera y cogía algo que la hiciera más nutritiva. No diré que conocer el secreto de mi vecino me tuviera obsesionado, pero sí que pensaba a menudo en él y hacía conjeturas sobre lo que le podía haber pasado para llegar a aquella situación. Un día, próximo a las fiestas navideñas, supongo que influido por el ambiente tuve un arrebato, llené la bolsa de basura con alimentos seleccionados y le añadí una nota ofreciéndome, en aras de la solidaridad humana, para ayudarle en lo que me fuera posible.
Después de aquel día ya no volví a oirle bajar después de tirar yo la basura. Pasados unos meses, me sorprendió oír unos ruidos en el piso de mi vecino que no eran los habituales, y extrañado subí a ver lo que podía pasar. Me recibió un chico joven y trajeado, el cual me informó que el piso había quedado vacío y que iban a hacer reformas para volverlo a alquilar.


EN LA ESCALERA Nº. 2: LA CONFESION


Después de redactar “En la escalera”, repasé el texto, hice algunas correcciones y lo di por bueno. Al día siguiente, algo me lo hizo recordar y de repente me di cuenta de que tenía un fallo garrafal. Después de recoger las llaves y percatarme de que se ponía en marcha el ascensor, digo: “No se por qué motivo tuve el impulso de esconderme...” , esto nunca puede ser cierto, siempre tenemos un motivo para hacer algo y si decimos que no sabemos el motivo, es porque no lo queremos decir o no lo queremos reconocer.

Estuve pensando en ello y tengo que reconocer que no encontré ninguna razón, ni que fuera inconfesable, para que tuviera el impulso de esconderme. Ello me obliga a confesar que en realidad no me escondí.

Esperé en el vestíbulo, frente la puerta del ascensor, intrigado por ver a mi vecino que hacía tanto tiempo que no veía. Se paró el ascensor y salió alguien algo desaliñado que, con la escasa luz del lugar, no pude reconocer como mi vecino, al que apenas podía recordar. Después de darnos las buenas noches le dije que le esperaba para subir juntos, pero él, algo turbado, me dijo que no, que subiera, que él aún tardaría. Me despedí y subí.

Sí, es cierto que me quedé algo preocupado, su desaliño me impresionó y su turbación.
Pensé que podía estar pasándolo mal, y también pensé que tal vez quiso que me fuera para poder rebuscar en las basuras, realmente la bolsa que llevaba parecía casi vacía.


Desde aquel día, no se por qué, enriquecí las basuras con algún alimento en buen estado, como ya conté en mi relato, y también es cierto que unas fiestas navideñas le preparé un raro lote y que en él deposité una nota ofreciéndole mi ayuda. También sucedió que mi vecino no volvió a bajar la basura, y que pasados unos meses me encontré con el joven de la inmobiliaria que me dijo que el piso había quedado vacío.

Pero tengo que hacer otra confesión, he mentido, he mentido descaradamente, pocas líneas más arriba he dicho: “Desde aquel día, no se por qué, enriquecí las basuras...” , y al principio del escrito he dejado claro que siempre tenemos un motivo para hacer algo, y así es, yo también tenía un motivo para hacer lo que hice, aunque no quería reconocerlo.

Como he dicho, al ver a mi vecino desaliñado y pensar lo peor, me sentí incómodo con mis pequeños lujos. Fue una manera de exorcizar los remordimientos por haber dejado pasar años sin dar un paso para acercarme al único vecino que tenía, por no subir a su piso y llamar a su puerta para interesarme por él, por no atender a tantos que se nos cruzan a diario, suplicantes por sus miserias, por encontrar siempre argumentos para no tender la mano al que nos pide...
Un error de redacción ha anulado todo el relato, ha perdido toda credibilidad, pero lo peor de todo, por desgracia, es cierto.


Luis Nadal

martes, 31 de marzo de 2009

ENTRE PUCHEROS ANDA LA POESÍA

Arcimboldo, Flora






















Espero que sepan disculpar a esta novata. Esta afición literaria, desbordada al escribir, que ha surgido en mí últimamente es por no tener presente ni a Gracián ni a las nuevas tecnologías, que precisan de brevedad como dice un pensionista. He comprendido que si quiero participar de ellas hay que conocer las reglas del juego, que esto es un blog, y como tal hay que saber comportarse o escribir en él. Vuelvo a pedir disculpas.

Aprendida la lección, y respetando las reglas del juego, me dispongo de nuevo a participar en este blog. Eso sí, dando una interpretación libre del tema que a cada dos por tres vuelve a debatirse en este Blog, aunque presentado de formas diversas, sobre la prosa, la poesía, o que si prosa, que si poesía, etc.

El otro día, mientras estaba preparando los alimentos para hacer un guiso entre pollos y vegetales, de pronto me hice estas preguntas:

¿Alguna vez se ha visto que en una carta de menú el besugo sea la guarnición de un par de tomates al horno, y no al revés?
¿O que un suculento filete sea el acompañamiento de un par de patatas hervidas? Ustedes me dirán ¿y esto qué significa?, ¿qué tiene que ver el besugo con la literatura? ¿Volvemos a meternos de nuevo en berenjenales? ¿"Cocinera a tus pucheros”? Pues sí, como santa Teresa, busco entre los pucheros un poco de claridad.

Quiero decir que me gusta más la prosa con guarnición, con elementos poéticos o prosa poética. El plato sería de besugo (prosa) con guarnición de patatas asadas, hortalizas, tomates (poesía, con perdón), no a palo seco. La poesía hace que la prosa sea más suculenta, más sabrosa. Pero también, no crean, me gusta saborear la prosa sola, sin guarnición.

En cuanto a la poesía, prefiero que tenga elementos narrativos, de prosa, como en la poesía de Walt Whitman. Un plato también con guarnición, en este caso de salsa narrativa. Pero también me gusta la poesía sola, como la de de Emily Dickinson. En realidad me apetecen todos los platos, eso sí, bien cocinados y condimentados.

Pero, claro está, en estos temas hay que contar con los partidarios de carnes y pescados y también con los vegetarianos. Es decir, con toda clase de platos sencillos o combinados, con la cocina casera y la de restaurante. Por no hablar de la “nueva cocina experimental”, con sus “espumas de pimientos verdes o aires de zanahoria” (deliciosos, siempre que se haya comido antes una buena tortilla, como diría Josep Pla).


Cuestión de paladar, en definitiva, y que cada uno se aliñe los "alimentos terrestres" a su gusto.
Bon appétit.

Muñequita Linda

lunes, 30 de marzo de 2009

CUENTO DE BARRIO

Massimo Campigli, En el balcón






















PANORAMA DESDE EL BALCÓN

Dicen, que medio mundo critica al otro medio; y qué verdad es. Aquí no se salva nadie, Por ejemplo, el otro día me comentaron que por ahí andan chismorreando sobre mi forma de vida; que si frívola, que si ligera de cascos por dar las llaves de mi piso a un desconocido..., cada día oigo uno de nuevo, pero como comprenderán, a estas alturas, estoy curada de espantos. No pretendo ni deseo agradar a “ambos mundos” (casualmente en Barcelona, en la plaza Real tan citada en este blog, hay un restaurante que se llama así, “Ambos mundos”).

En realidad, hoy, más que hablar de mí, les quería explicar la vida de mi “inquilino particular”, el vecino de los” pies y alas”, alado, que sube y baja de mi piso como “Pedro por su casa”, y no lo hago por excusarme de haber tomado tal decisión. No, pues creo que es una vida bastante interesante, la de este señor, para ser contada. En el barrio es conocido como el ”Pintor”. Todos creíamos al principio que se trataba de un pintor de brocha gorda, de esos que pintan paredes. Pues no. Se trata de un pintor de verdad, pinta cuadros, lo que se llama un “Artista Pintor”, de cierto prestigio tiempo atrás, y que un día, por razones que nunca hasta ahora nos ha explicado, lo dejó todo, fama, dinero y trabajo. Y se vino a vivir al barrio, desengañado, suponemos.

Un día, de pronto, apareció por el bar “Buenos Días”, convirtiéndose en un habitual del lugar, pero algo distinto a los demás parroquianos. Su forma de vestir, de mirar, y siempre llevaba un libro en el bolsillo de la americana..., pequeños detalles que lo hacían diferente a los demás. No solía hablar con nadie, pero a todo el mundo saludaba, se le veía educado. Cuando conoció al farmacéutico, ambos simpatizaron enseguida. Empezaron a compartir mesa, el farmacéutico solía invitarle a un café, a una copa, y poco a poco fue surgiendo una amistad entre ellos. Comenzaron a mantener, y aún mantienen, grandes charlas filosóficas "de bar", a veces subidas de tono, pues el farmacéutico tiene la voz ronca y es algo sordo. Y así fue como el farmacéutico, una tarde, le propuso al Pintor si quería ser su bibliotecario particular, es decir, que le organizase y catalogase su biblioteca, ya que él estaba muy ocupado en su farmacia. En realidad, era una manera de ofrecerle al Pintor la posibilidad de disponer de un trabajo que le aportase algún dinero para sus necesidades.

Los de la Pensión Ulises, advertidos por el farmacéutico, le alquilaron una habitación por un módico precio, en el primer piso. En realidad, los administradores de la Pensión Ulises le comentaron que se sentirían pagados si pintaba un mural en la entrada o en el pasillo principal de la Pensión; por ejemplo, una alegoría de la Odisea, a ser posible.


El dueño del bar “Buenos Días" también contribuyó asegurándole al Pintor las tres comidas del día, a cambio de pintar en las vidrieras del bar alguno de los platos, alguna de las especialidades de la casa, como la tortilla de calabacín.
Como podrán comprobar, mi decisión tampoco fue tan alocada, pues cuando acepté que subiera a mi casa, ya venía avalado por esas cuatro personas del barrio a las cuales tengo en gran estima, el farmacéutico, el dueño del bar y los de la Pensión. Qué bien hice, qué sublime decisión la mía, al entregarle las llaves de casa. Tengo que decirles que el Pintor, a la semana de subir a mi piso, ya parecía otra persona, le cambió el rostro, se le veía más jovial, dicharachero, yo diría que hasta mas feliz. Un día me confesó que las vistas desde mi balcón le habían inspirado mucho, le habían ensanchado la mirada, le habían retornado a la vida y quería de nuevo volver a sus cuadros. A pintar de verdad.

Mi casa se ha convertido en una auténtica galería de arte, tengo naturalezas muertas y vivas por todas partes. Figuras sentadas de pie. Jarros con flores, sin flores. Paisaje nocturnos y diurnos. Un sinfín de colores envuelven mi casa . Y es que me ha dicho el Pintor que un antiguo galerista (yo creo que el farmacéutico está detrás de todo esto) le ha propuesto volver a exponer, y ahora está inmerso totalmente en su trabajo, día y noche. Es más, para comodidad de ambos hemos decidido que se instale “a todo estar” en mi casa. Así no me despertará al amanecer, cuando la luz que da en mi balcón a esas horas es perfecta para pintar, dice él, su cuadro Panorama desde el puente.
Menos mal que, como mujer previsora que soy, tengo un sofá-cama para las visitas, y así cada uno con sus sábanas.

Muñequita Linda



miércoles, 25 de febrero de 2009

UNA HISTORIA BREVE

Chagall, Detrás de casa






















LA AZOTEA

De niño, ya escapándose la infancia, algunas noches de verano, en la terraza y al abrigo de lo oscuro, con ansia espiaba las ventanas vecinas.

En la azotea, Vicente descansaba al fresco de la noche, y al apoyarse en la baranda descubría mis hazañas y se regocijaba de mis chiquilladas.

Pasados muchos años, me lo contó y aún se reía de mí.

Vicente murió, junto a verdes prados sembrados de aviones.

Muy a menudo honro a los muertos y, en mi debilidad, les pido su ayuda.

Un día, recordando a Vicente, me vi en la terraza, de noche, y me vi levantar la mirada hacia arriba. No podía ver nada, la altura y la oscuridad ocultaban la azotea. Pero me pareció que arriba, ocultos, estaban los muertos, y que a veces se asomaban y se reían de nosotros.

Pero no se asoman siempre, ellos tienen sus cosas...

(Vicente, un día antes de morir, me hizo mirar por la ventana para que viera los aviones que estaban medio enterrados en el campo, junto al hospital, pero no supe verlos, como tampoco supe darle el tabaco que me pedía. Supongo que se reirá de esto, aunque lo del tabaco no creo que me lo perdone nunca.)

Luis Nadal