

AMANECER VERANIEGO
Los primeros rayos del sol se desperezaban tras la montaña de Montjuïc, sin haber logrado superar, todavía, la alzada del edificio situado al otro lado de la avenida, proporcionando una imagen a contraluz, matizada por un efecto vaporoso.
En el lecho de la sombra proyectada, un hermoso jilguero calmaba su sed en un charco formado por la condensación de un aparato de aire acondicionado del coche que, hacía un instante, había parado obligado por un apático semáforo.
El asfalto se ofrecía, caliente, a todos los vehículos que más tarde rodarían sobre él, rumbo a las playas dominicales.
Raúl Yagüe


