Para que en el 2009 seamos mejores que en el 2008 (no sólo los poetas, y con esto respondo un poco a Una lectora joven, por su fe poética, y a Janet Xirgu, por su despiece de poetas).
Ah, y decir que también me solidarizo con los universitarios encerrados de Barcelona, y que encuentro a faltar un Jean-Paul Sartre que los visite, como en Mayo del 68. "La imaginación al poder", decían ayer los mismos que hoy expulsan a los estudiantes de la Universidad. Los "imaginativos" de ayer se conforman ahora con ligeros retoques en el rostro de la realidad. ¿Se han convertido en meros vendedores de afeites del Siglo XXI?
Respondiendo a RR (y de paso también a S. Dedalus) no sé si la pregunta sobre "la bondad y los poetas" está llena de ingenuidad o de perversidad, pero aprovecho esta duda para descuartizar al poeta (como véis, no soy nada poética). El poeta, ese ser aparte entre los artistas que aún se le considera especial, con más sensibilidad que nadie, y ejerce como tal en todo momento, sin reposo, en cuerpo y alma, rodeado de musas. No hay descanso para él, siempre actuando aquí y más allá de las tablas. Desmitifiquemos al poeta, ese ser al cual parece que hay que rendir tributo sensiblero. Silencio, el poeta escribe, no molesten: a ver qué nos depara con su experiencia y sus palabras. Puede ser peligroso.
Asesinemos al poeta, un poeta para el cadalso, despojémosle de vestiduras sagradas, dejémosle en calzoncillos, calcetines y zapatos, sin uniforme de poeta, y que la función comience.
Pero, bueno, ¿quién es ese poeta? Un ser más entre otros, que se diferencia por ese halo de fuego sagrado que se le otorgó antiguamente y del que ahora sólo queda una llamita.
¿Y la mujer poeta? ¿Vemos a la mujer poeta igual que al hombre poeta? No. Ni antes ni ahora. ¿Cuándo ha estado bien visto a lo largo de la historia que una mujer vaya de poeta o de artista, que se comporte como seductora poeta?
Hagamos anatomía poética para que surgan menos poetas de opereta.
Corren rumores, o mejor, se sabe que hay narradores falsos, músicos exhibicionistas y pintores avarientos, pero, me pregunto, ¿hay también poetas envidiosos y exclusivistas, que no permiten la entrada a otros en el club de los poetas? Como lectora reciente de poesía, y debo decir que entusiasta, he ido ojeando lo que vais publicando en el blog Pensión Ulises, y me parece intuir que no todo es como agua de mayo, es decir, bien recibido entre los poetas, y temo enviaros un poema mío. Quizá me atreva más adelante. Y ahora una pregunta que me inquieta, aunque parezca ingenua: se dice que hay conocidos novelistas y pintores que no son precisamente buena gente, ¿esto se puede aplicar también al mundo de la poesía? Quiero decir, ¿se puede ser mala persona y buen poeta? Me sabría mal que, a mi edad, se me rompiera ya el encanto de la poesía y de los poetas. Tengo fe en la poesía.
También escribo narrativa y estoy de acuerdo con lo que dice JAC sobre las “novelas de poetas”, escritas por poetas: que podrían formar un subgénero aparte dentro de la novela, puesto que los poetas, al narrar, hacen que se vuelvan “inestables” las constantes de una novela, resultando un artefacto literario “diferente”, como más heterodoxo, más libre en su forma, me parece. Una joven lectora
Vengo observando que algunos colaboradores de este blog exigen nuevas estéticas, nuevos modos de creación y ética artística, personal e incluso social. ¿No son tal vez muy exigentes con los pobres mortales, con los pobres poetas, novelistas, escultores, pintores...?
Cada uno hace lo que puede, al vivir y al escribir, y creo que es de una falsa pureza exigir a los demás que sean más auténticos de lo que es posible en una sociedad como la nuestra, donde impera la hipocresía social, literaria, poética, artística desde el comienzo de los tiempos sociales, literarios, poéticos, artísticos. ¿Debemos ser tan puros y auténticos como los pintores de Altamira o Lascaux, que sabían lo que se cuece a fuego lento en una cueva, pero ignoraban lo que se trama en cualquier cóctel o vernisage? Además, seguro que los artistas plásticos primitivos no eran tan puros y auténticos como nos gusta imaginar.
No seamos tan exigentes, por favor, y conformémonos con ser personas respetuosas, poetas que sientan lo que escriben, sin menospreciar la musicalidad de una buena rima, o novelistas que tengan cosas que decirnos (la forma es secundaria, importa el fondo, pero respetando introducción, nudo y desenlace de la historia narrada o avatar humano).
No queramos ser tan geniales, y respetemos un poco el espíritu del buen hacer de cada uno. Pienso que no estamos obligados a más si nuestras pinturas o poemas rezuman sinceridad.
Se suele utilizar la expresión «novela de poeta» para descalificar un subgénero narrativo que utiliza un lenguaje artificioso, retórico (no en el sentido clásico del ingenio, sino en el moderno del abuso) y pretencioso. Se utiliza la expresión «novela de poeta» pero, la verdad, yo no conozco ninguna novela escrita por un poeta que se ajuste a estas características. Siempre he tenido la intuición, sin embargo, de que existían las «novelas de poeta», aunque lejos del engrudo lingüístico. Siempre he creído que la formación del poeta le llevaba a escribir un tipo de novela que no se ajustaba con el modelo canónico establecido por las novelas de los novelistas (si es que puede hablarse en estos términos, de los que tampoco estoy muy seguro). Hasta ahora no había encontrado ninguna novela que me permitiera aclarar esta intuición. Hoy ya sé lo que caracteriza —en esencia— una novela de poeta. Por decirlo con dos palabras: es una narración «fosterianamente inestable».
Foster dejó bien inventariados los elementos de la narración que parecen inherentes a su existencia: narrador, punto de vista, espacio, tiempo, estructura, personajes... La diferencia entre una novela y una «novela de poeta» es que en la narrativa todos los elementos fosterianos conforman una decisión apriorística del escritor que afecta a toda la novela. Por muchos cambios de narrador, espaciotemporales, de personaje, estructurales que este idee, todos ellos se ajustan a una cohesión impecable (porque si peca, sabe que el crítico se lo va a recriminar), es decir, una cohesión fosterianamente estable.
La novela que me permite establecer el paradigma de la novela de poeta es Estiércol de león, publicada en 1980 por Manuel Mantero, y ahora reeditada en el volumen dos de sus Obras completas (rd editores, Sevilla, 2008). Esta novela contiene todas las características propias de una novela de poeta. La primera, está escrita en lenguaje narrativo; es decir, no es un poema en prosa, ni un remedo de sonoridades etílicas. Es una novela. Sobre eso no hay duda. Luego: «de poeta» ¿Por qué? Por la inestabilidad de los elementos constitutivos de la narración, cuya definición no depende de esta, sino de cada uno de los fragmentos que la constituyen. Se alterna, sin valor estructural, primera y tercera persona. El tiempo no respeta la comprensión de ninguna acción. El espacio se crea en cada fragmento. La estructura atiende más a lo connotativo que a la denotación de un planteamiento-conflicto-desenlace. Los personajes aparecen y desaparecen sin dar cuentas al lector. Y de los principales vamos obteniendo datos desordenados, dispersos, no acompasados por una acción determinante. El narrador crea un marco narrativo lo suficientemente amplio como para suscitar en el lector expectativas más amplias que las que exige la intriga. Y dentro de ese marco, el escritor se mueve por impulsos que, se adivina, proceden de la biografía, de la crítica social, de la expresión de sentimientos... y se van mezclando unos con otros, formando el cuerpo de una narración que no crece linealmente hasta un desenlace, sino verticalmente, hacia las simas del significado de la historia. A estas características, que Manuel Mantero ilustra de manera espléndida en Estiércol de león, se les puede denominar elementos fosterianamente inestables. Y esta es la verdadera razón de un subgénero narrativo aún por clarificar y clasificar que es, ahora dicho en sentido positivo, la «novela de poeta».