Foto: J.X.
Cuenta la leyenda,
que no amaba a las mujeres,
ni tampoco a los hombres,
al contrario, estos le repugnaban.
Se cuenta que, de niño,
se había encantado
de una niña y de otro niño.
La leyenda no dice
“enamorado”,
sino “encantado”.
Y cuenta, además,
que ya de niño
fue violentado por fuera,
y agredido, muy adentro.
Tienes
“ojos de ciervo aterrado por los perros”,
maldecían ellos.
Tienes
“ojos hechizados de cuento de hadas”,
maldecían ellas.
Al crecer,
el niño nunca entendió
la palabra amor.
Y en cuanto al deseo,
sólo sentía
curiosidad malsana
por averiguar y palpar
la soledad
de los escondrijos,
vacíos,
enmascarados de hojas,
de algunas hadas de barrio.
Sólo deseaba
esconder su propio vacío
-no de hombre, ni de niño,
sino de muerto errante-,
en el lejano y frondoso
bosque de esos vacíos.
No
cuenta la leyenda,
pero sí comentan algunos del vecindario,
que un día, por deudas de juego,
quien había imaginado tanto
los vacíos,
fue arrojado a un barranco
desde un automóvil,
con un tiro en la cabeza.
Su cuerpo, al caer,
rebotaba en las piedras del barranco,
ensangrentando las escasas flores
y el vacío infinito.
Esta es la historia del amigo,
que no pudo serlo.
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