Fotografía: J.X.
Érase
una vez un poeta
que
fue repudiado por sus propias palabras.
Esas
mismas palabras que, juntadas,
mal
medidas en verso,
estaban
forzadas a decir,
por mediación metafórica,
lo
contrario de lo que decían en el poema.
Así,
pues, todo era símbolo, fabulación,
excepto
un resto amoroso, contrahecho,
que
andaba por ahí,
de
esquina en esquina,
sin
venderse al mejor postor malhechor,
a
pesar de su deterioro y baratura.
Moriría
de silencio,
repudiado
por las palabras.
Ellas,
las palabras, se rebelaron contra el poema
y se vengaron del poeta que las había sometido
a decir lo que no querían decir.
Hay palabras
que dan vida,
vitalizan y van
más allá de la sombra.
Hay otras, o a
veces las mismas,
que no pueden
sostenerse en pie,
fatigadas, y se
desangran con las sílabas abiertas,
y pierden el
sentido.
Hay otras más,
aún,
que te agarran
del brazo
al borde del
abismo,
y te hacen
andar, a tientas, pero erguido,
en el laberinto
de la desolación.
La voluntad y
el deseo,
resquemados por
el abuso,
semejan
caracoles
rehuyendo,
contraídos, el pedernal,
el dominio de
las piedras encendidas.
Las palabras reclaman
el perjuicio causado.
No citan nombres
de los perjudicados.
Ni señalan qué intimidades
fueron reveladas, traicionadas.
Pero reclaman el perjuicio causado.
Amotinadas,
las palabras
hacen arrodillarse
a quien todo lo
sacrificó
por crear un
mundo de ficción,
un mundo
paralelo que le diera cobijo.
Denunciado por
ir contra la realidad,
ignoramos cuál
fue la sentencia,
aparte de
hacérsela escuchar arrodillado.
Acudo al lugar
de la cita.
La esquina de
siempre, junto al mar.
No hay nadie.
Espero.
No vienes.
Esperaré.
La espalda
apoyada contra un muro gris.
Espero sin
esperar.