Foto: J.X.
En este poema,
que no dice nada,
no cabe ni una palabra más.
Tal es el silencio,
que desborda
los límites
del poema.
En el espacio vacío
de la página,
no cabe
ni una sola palabra más.
Habitaciones
Foto: J.X.
En este poema,
que no dice nada,
no cabe ni una palabra más.
Tal es el silencio,
que desborda
los límites
del poema.
En el espacio vacío
de la página,
no cabe
ni una sola palabra más.
Desde que ella ha muerto,
cuentan algunos vecinos
que él parece un muerto viviente.
Habla siempre de ella,
consigo mismo
y con los demás.
Con todo el mundo,
habla de ella.
Parece que intenta
mantenerla viva,
reavivarla.
Aunque tenga que llevarla
colgada a la espalda,
o en las entrañas,
bromean otros
sobre la muerta
y el muerto viviente.
Por el contrario,
en vida hablaba poco de ella,
siguen contando los vecinos.
Como si temiera ser amado
y poseído como un objeto.
Como si se avergonzara
-ésta es la palabra,
dicen unos-,
de que hubiera alguien
que le quisiera
-ésta es la palabra,
dicen otros-.
La vergüenza de amar,
la vergüenza
de ser amado.
Foto: Judith Xifré
Si lo amado es ausencia,
y el dolor no te deja hablar,
porque la substancia de ese dolor
es, justamente, por aquello dicho
y por aquello no dicho...
acaso algún día puedas
volver a amar y hablar,
pero será de otro modo.
Porque la palabras, dolidas,
saldrán heridas, con espinas,
y rasgarán los propios labios.
Dolientes, estos labios,
si besan,
besarán con la piel de amor gastada.
Foto: J.X.
Se puede matar a golpes,
o a disgustos.
Queriendo o sin querer.
Pero lo cierto,
es que también se puede
matar a disgustos.
Cuando eres joven
porque eres joven,
y es ley de vida,
argumentan los expertos.
Cuando eres mayor,
porque eres mayor,
y también es ley de vida,
argumentan los mismos.
Pero es bien cierto
que se puede matar a disgustos.
Ni aquí ni allí,
nadie es inocente.
Puedes matar por desamor
o por amor,
por dominio,
por maldad.
Cada uno destruye,
cada uno,
a su manera,
mata lo que odia,
mata lo que ama,
escribía el prisionero
Oscar Wilde
en su balada.
Un día, sin embargo,
se rebelarán las raíces,
y se hundirán tan profundas,
hasta el límite del fondo
de la tierra,
que rescatarán a los amores muertos,
y los llevarán de nuevo a la tierra,
a una tierra desconocida y amorosa,
donde la muerte
no tendrá dominio,
vaticinaba Dylan Thomas.
Foto: J.X.
Ha visto tanto dolor,
que éste se le ha acumulado
en una parte secreta del cuerpo,
que no es el corazón
y no sabe cómo llamarlo.
Los vivos no pueden darle
la palabra.
Y los muertos,
en quienes había confiado,
sólo disponen del silencio,
y lo sienten,
pero más no pueden hacer.
Hoy buscarás en vano
a tu dolor consuelo,
escribía Antonio Machado.
Y también recuerda,
aunque ahora te falte,
que te queda la palabra,
escribía Blas de Otero.
Esta es la breve historia
de un novio trovador,
solo y abandonado,
cuya novia se fugó
-cuentan los folcloristas-,
con un representante de la muerte.
Pese a todo,
pese a la maldita muerte,
él se afana en buscarla
por calles, bosques y cementerios.
Quería poner un anuncio
en el periódico del barrio,
pero le aconsejaron
que no sería prudente ni útil
publicar un suceso tan privado
en un medio público.
A día de hoy,
el novio trovador
persiste,
con renovado afán,
en la búsqueda
de su bienamada,
por calles, bosques y cementerios.
Foto: J.X.
I
Le gustaba merodear
por las calles de las puertas traseras,
observando las salidas de emergencia
de edificios y tiendas.
Mientras todo el mundo
paseaba encantado
ante las fachadas de los edificios
y los escaparates iluminados,
el buscaba lo escondido
tras las puertas
y salidas traseras.
Escapándose del maldito bullicio,
se adentraba en las entrañas de la ciudad,
donde el cuerpo y el alma
transitan, se arrastran
y a veces ruedan como bultos
por detrás de las cosas,
por detrás de la vida.
Mal abiertas y vengativas,
las puertas de delante,
y mal cerradas,
pero acogedoras,
las puertas de atrás
-decía,
entristeciendo un ojo.
II
Escribir:
abrir y cerrar
la puerta de casa.
Revelación del cuerpo
y del espíritu,
mediante las palabras.
La vida, el habla,
el silencio, la muerte.
Morir en vida,
el habla cautivada
por el silencio.
Palabra enamorada,
palabra callada.
Salir por detrás,
para descubrir
lo que hay delante,
y más allá de cualquier puerta,
y de todas las puertas.
Foto: J. X.
Será él
quien arrastrará
los restos de la alegría
y todo el dolor de ella.
Doble dolor,
embutido en un saco
viejo y descosido,
cargado a la espalda,
como misterio de amor.
Arrastrará los pies
por senderos prohibidos,
rozando el abismo.
Si la vida o el deseo
le separan del interior
del nombre de ella,
la ausente;
si le aprisionan
y no le dejan pensar en ella,
la ausente,
el recuerdo le maldice,
pierde la orientación
y no encuentra ningún lugar
para él en la tierra.
Foto: J. X.
¿Pero acaso -contesta-
no me has hecho mirarte
José Ángel Valente, A Pancho, mi muñeco
Embutir,
rellenar,
con virutas de paja nueva,
el corazón desgarrado
del muñeco de trapo,
que desde la infancia
te ha acompañado
cada vez que moría
un ser amado.
Manos anónimas
desgarraban los dos corazones,
el tuyo y el del muñeco de trapo,
y ambos se desparramaban
hasta quedarse vacíos.
Entonces, debías ir en busca
de nuevas virutas,
semejantes a rizos de paja
que rellenaran el corazón desgarrado.
Imagen: Photoroom.com
Y la muerte no tendrá dominio.
Dylan Thomas
El día de la muerte
era rozar sus párpados
y custodiar
aquella mirada
tan fija, tan lejana.
El día de la muerte
era poner la mano
sobre la parte de su cuerpo,
rígido, pero aún caliente,
que la había matado.
Uno o dos minutos después,
avisó a la enfermera.
La muerte
impuso así
todo su dominio
entre las paredes blancas
del último día.
Luego, la desencarnada ausencia.
El dominio del amor
sobre la muerte,
vendría más tarde.
Foto: J. X.
No sabes si ella,
en este justo i eterno momento,
sube hasta el rellano de la escalera
y llama a la misma puerta
de la que había sido vuestra casa.
Con ella ausente, desaparecida,
tú, al cabo del tiempo,
dejaste también la casa
y buscaste refugio
en otra casa,
para solitarios.
Ahora,
desde los recovecos de la muerte,
es más difícil encontrarse
en un lugar de la vida,
con la puerta abierta,
en otra casa.
Foto: J.X.
Había traído
a su nueva habitación
de la casa de acogida.
la almohada
con la funda a rayas
azules y blancas,
confeccionada por ella,
la ausente.
De vez en cuando,
miraba
por fuera y por dentro
la funda de la almohada.
Buscaba, pero no encontraba
la señal,
algún indicio
del paradero desconocido
de la ausente.
Cuando todo el cuerpo
se haya derramado,
cloaca abajo,
hacia el mar,
también el espíritu
se derramará,
mar adentro.
Y se desvanecerán bajo el agua
la líneas de colores
de las fundas de las almohadas.
Foto: J.X.
Despojado
de arriba abajo,
en un rincón de bosque,
se vacía los bolsillos
de pieles secas de fruta
y pescado chamuscado,
mientras repite
no sabemos qué nombre.
Se levanta del rincón,
camina hacia el vacío
del acantilado,
se
tambalea y cae.
Alados los cuerpos,
las puntas de los dedos juegan
con chispas de verbena.
Todo era nuevo,
todo era
la primera vez.
Todavía no conocíamos
el dolor del amor,
ni el dolor de la muerte.
Foto: J.X.
En cualquier parte,
hay un lugar
en que no estás.
Un lugar del que te fuiste,
con los ojos cerrados,
y al que no volverás,
con los ojos abiertos.
Pese a todo,
pesa a todos los lugares
de tu ausencia,
intentaré llegar
lo más cerca posible de ti.
Y llamarte por tu nombre,
e invitarte a la fiesta,
en un claro del bosque,
que se hace por ti.
Y donde, como siempre,
te esperamos.
Foto: J.X.
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte.
Jorge Manrique
Ultrajados,
tendidos en el suelo
cuerpo y alma,
miras otra vez
y escuchas:
la respuesta
no es la que esperabas.
Sin embargo,
incorpórate
y escribe una o dos palabras.
Escógelas y escríbelas,
en una hoja,
o en un ordenador,
en un muro,
en la corteza de un árbol,
en la humedad de una pared,
escríbelas en cualquier sitio,
en donde sea.
Escríbelas
y te salvarás.
Te va la vida en ello,
recuérdalo.
Foto: J.X.
Le gustaba decir
que, después de una
o dos cervezas,
la muerte
se volvía
más discreta.
El ser amado
(esto no lo discutía)
se ocultaba en la tierra,
pero no había enmudecido.
Podías hablar
con el ser amado,
evocar los días, los instantes
de amor compartido
bajo el sol y las tinieblas,
y saborear de nuevo dos cervezas
al comienzo y al final del encuentro.
Por eso,
cada fin de semana,
tenía el compromiso sagrado
de una cita
con la novia muerta.
En esas ocasiones de celebración,
de fiesta de novios,
en vez de un par de cervezas,
llevaba en el bolso
dos botellines de cava
para celebrar con la novia
el nuevo fin de semana.
Procuraban,
en todo lo posible,
ser discretos
junto a los cipreses
del cementerio,
y no ser piedra de escándalo
de vivos y muertos.
.....................................
Publicado en la revista:
Foto: J.X.
El gorrión de Lesbia.
Catulo
Vivía
como un dolor en jaula abierta.
Para sentir menos
el enjaulamiento,
saltaba, salía y piaba,
imaginando el bulto de belleza
encrespado,
enmarañado en bucles,
que sugería una de las vigilantas.
A veces, imaginaba,
le era permitido
posarse en la blusa de ella,
escotada
-sin abotonar los primeros ojales-,
y cantar y ser acariciado,
com el gorrión de Catulo.
Al abrir los ojos,
al despertar a la realidad,
en vuelo solitario
regresaba a la jaula,
siempre abierta,
siempre vigilada,
y desaparecía,
cabeza y pico
bajo el ala,
entregado al sueño.
Al amanecer,
el dolor
despertaba otra vez
en jaula abierta,
piando en vano
la gracia de un aleteo
que le remojase las plumas,
bajo la sombra picuda,
perfumada,
de una blusa
desabotonada.
Foto: J.X.
Salir por la puerta de atrás
de la vida,
sin hacer ruido,
vigilando no tropezar
con los muebles alquilados,
párate un momento,
sólo un momento,
ante la querida fotografía
de la niña encantada,
y la portada de un libro sin fin.
Ya has mirado bastante,
no mires más, y sal,
huye por la puerta de atrás,
di adiós con la mano,
y vete, sal de la vida.
Foto del ramo marchito dibujado por Judith Xifré.
Damunt de tu només les flors.
Josep Janés i Olivé
Cada día
pesan más
los ramos de flores
de tu muerte.
Las llevo
de un lado a otro,
escondidas.
Sin embargo, pesan
más cada día.
Escribirlo,
pues sólo si lo escribo,
adquiere una cierta levedad
la carga
de los ramos de flores,
que no quiero arrojar al mar.
Es como
agarrarse
al clavo ardiendo
de la cola de un poema,
para salir volando
como una paloma coja
y aliviar el peso de las flores.
Por delicadeza,
ella perdió la vida.
Foto: J.X.
Salta el límite,
y cállate.
El hecho de saltar
por encima o por el costado
del límite,
ya habla por ti.
Deja que la novia muerta
ocupe las estancias
de tu memoria.
Entreabre las puertas,
ábrelas al espacio sin fin,
y luego escribes
lo que has entrevisto,
lo que has adivinado,
y escribe lo que debas escribir.
Que tengas
buena suerte gitana.
Por otra parte,
eres apenas nada,
con esa lengua de perra
materna con la que hablas.
“Ven, muchacho,
con lengua de perro”,
como te identificaban
en las oficinas de hielo,
un hielo peludo, velloso,
de los funcionarios del Sindicato
Vertical,
que te enmudecieron
al iniciar tu vida laboral.
De ahí, acaso,
ese primer poema
de juventud, desespero y descaro,
Aquella nuestra noche de pena y perro,
escrito por un joven e inexperto poeta,
al cual Rilke no envió una carta,
sino Vicente Aleixandre,
que remitía cartas de ánimo,
desde su frágil aislamiento,
a todos los poetas jóvenes perdidos.
El poema, o redención por amor.