Marioneta y foto: J.X.
El cuerpo,
a trompicones,
va arrastrando el saco
de los sentimientos despojados,
abiertos en canal,
como ovejas
sacrificadas en el matadero.
(Algunas, tres o cuatro,
gotean sangre, aún,
sobre el mármol del mostrador
de la tienda de carnicería,
y empapan el serrín
que mi padre y mi madre
echaban sobre el suelo
de la tienda.)
A la vez, el alma,
-o como se llame
ese malestar
incrustado bajo la piel-
anda de cabeza
buscando
una pena de redención
por haber mal amado,
y por sentir añoranza y deseo
de aquello que no conocía
e imaginaba.
Una vida, a saco,
maltrecha,
lleva a la espalda
el ropavejero del barrio.
(El dolor
atraviesa los límites
de la palabra, de la música, del arte,
desborda los límites de cualquier expresión,
y se precipita en el vacío del silencio,
en el vacío de aquello
que nunca podrá ser dicho.)

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