Foto: J.X.
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Le gustaba decir
que, después de una
o dos cervezas,
la muerte
se volvía
más discreta.
El ser amado
(esto no lo discutía)
se ocultaba en la tierra,
pero no había enmudecido.
Podías hablar
con el ser amado,
evocar los días, los instantes
de amor compartido
bajo el sol y las tinieblas,
y saborear de nuevo dos cervezas
al comienzo y al final del encuentro.
Por eso, cada fin de semana,
tenía el compromiso sagrado
de una cita
con la novia muerta.
En esas ocasiones de celebración,
de fiesta de novios,
en vez de un par de cervezas,
llevaba en el bolso
dos botellines de cava
para celebrar con la novia
el nuevo fin de semana.
Procuraban,
en todo lo posible,
ser discretos
junto a los cipreses
del cementerio,
y no ser piedra de escándalo
de vivos y muertos.

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