Foto: J.X.
Con demasiada inocencia
en los ojos,
muy pronto fue perseguido
aquel niño
por una jauría
de miradas equívocas,
manos peligrosas
y palabras incomprensibles,
en colas y butacas
de cines de barrio,
en calles y playas.
No contaremos nada más,
salvo el dolor,
la soledad aterradora,
desoladora,
del inicio.
Decirlo, sí,
el escueto dolor,
sin contarlo en detalle.
Pasados los años,
en uno de los caminos de perdición,
encontró un atajo desértico,
sin hombres ni mujeres.
Un atajo abrupto donde
reposar y expiar
la inocencia vulnerada.
Expiación del dolor.
Sin dioses ni demonios,
ni otros seres inventados.
La expiación del dolor
por haber sido tan inocente,
extraviándose al cruzar
calles y playas,
en el principio,
en el inicio del camino.
Un
día, de súbito,
apareció ella,
que también andaba extraviada
entre las piedras.
Una aparición en medio del camino.
Fue entonces,
desde ese atajo escarpado,
que empezó a desangrarse la culpa,
comenzó a fluir la sangre purificadora,
la jubilosa sangre del amor,
sin un porqué.
Hasta que un atardecer,
ya al final del atajo,
ella se levantó de la cama,
le dio un beso,
como ausente,
abrió la puerta de la habitación
y abandonó el Hospital,
coronada de flores,
se adentró en el mar
y jamás regresó.
A
ti, me encomiendo.




.jpg)
