Fotografía: J.X.
Érase una vez un poeta
que fue repudiado por sus propias palabras.
Esas mismas palabras que, juntadas,
mal medidas en verso,
estaban forzadas a decir,
por vía metafórica,
lo contrario de lo que decían en el poema.
Así, pues, todo era símbolo, fabulación,
excepto un resto amoroso, contrahecho,
que andaba por ahí,
de esquina en esquina,
sin venderse al mejor postor malhechor,
a pesar de su deterioro y baratura.
Moriría de silencio,
repudiado por las palabras.
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