miércoles, 1 de julio de 2026

EL REPUDIO DE LAS PALABRAS

Fotografía: J.X. 


Érase una vez un poeta

que fue repudiado por sus propias palabras.

Esas mismas palabras que, juntadas,

mal medidas en verso,

estaban forzadas a decir,

por mediación metafórica,

lo contrario de lo que decían en el poema.

Así, pues, todo era símbolo, fabulación,

excepto un resto amoroso, contrahecho,

que andaba por ahí,

de esquina en esquina,

sin venderse al mejor postor malhechor,

a pesar de su deterioro y baratura.


Moriría de silencio,

repudiado por las palabras.


Ellas, las palabras, se rebelaron contra el poema

y se vengaron del poeta que las había sometido

a decir lo que no querían decir.


Hay palabras que dan vida,

vitalizan y van más allá de la sombra.

Hay otras, o a veces las mismas,

que no pueden sostenerse en pie,

fatigadas, y se desangran con las sílabas abiertas,

y pierden el sentido.

Hay otras más, aún,

que te agarran del brazo

al borde del abismo,

y te hacen andar, a tientas, pero erguido,

en el laberinto de la desolación.


La voluntad y el deseo,

resquemados por el abuso,

semejan caracoles

rehuyendo, contraídos, el pedernal,

el dominio de las piedras encendidas. 


Las palabras reclaman

el perjuicio causado.

No citan nombres

de los perjudicados.

Ni señalan qué intimidades

fueron reveladas, traicionadas.

Pero reclaman el perjuicio causado.


Amotinadas,

las palabras hacen arrodillarse

a quien todo lo sacrificó

por crear un mundo de ficción,

un mundo paralelo que le diera cobijo.

Denunciado por ir contra la realidad,

ignoramos cuál fue la sentencia,

aparte de hacérsela escuchar arrodillado.


Acudo al lugar de la cita.

La esquina de siempre, junto al mar.

No hay nadie. 

Espero.

No vienes. 

Esperaré.

La espalda apoyada contra un muro gris.

Espero sin esperar.




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