Foto: J.X.
Vivía en el desánimo.
Iba por las calles
maquinalmente,
sin ánimo.
Abatido,
perplejo.
Pero vivir y querer maquinalmente,
era también una forma,
una otra forma de vivir
y estimar,
aunque fuera en el desánimo,
en la postración.
Perder el ánimo,
perder la facultad de la orientación,
de saber por dónde hay que ir,
o qué hacer.
Andar, así, desalentado.
Después de escuchar aquellas palabras,
ya no tuvo ánimos para hablar.
Restó con la boca abierta.
Sin voz.
Había perdido,
lo habían averiguado todo:
que su voz
era una voz descubierta.
Que se había quedado sin voz.
Cuando el cuerpo
se derrama piernas abajo,
el alma ya no puede sostener,
por más tiempo,
el peso de la sangre.
Y cae,
y se derrama también
piernas abajo,
hacia el fondo
de la eternidad,
malgastada.

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