miércoles, 26 de diciembre de 2018

EL PAVO, EL POLLO, LOS CANELONES, EL CAVA, EL TURRÓN Y LA SAL DE FRUTA “ENO”



Esta mañana de Navidad la ciudad estaba desierta, vacía, dice la dueña del bar.
Igual que cada año en estas fechas. Más que una mañana del día de Navidad, parece una mañana de aquellos jueves y viernes de Semana Santa, que el nacional-catolicismo franquista nos obligaba a celebrar cerrando tiendas, bares, teatros y cines, a no ser que proyectaran películas religiosas como El beso de Judas, Fray Escoba, Molokai, la isla maldita, etc., explica el viejo periodista en paro.
Pero ahora este vacío, este silencio en la jungla de asfalto, no es por motivos de fe, ni por represión tradicional de la vida festiva, como en la dictadura, sino por consumismo y hartazgo, por excesos culinarios de Nochebuena, comenta el politólogo.
Todo ello bien regado con vinos, cavas, licores y otras substancias de la insatisfacción, como hace el novio macarra de mi madre, añade la hija de la bibliotecaria, riendo.
Por favor, no me sean tan cascarrabias, y disfrutemos de las fiestas navideñas, como Dios manda, replica la cuñada del dentista.
¿Dios? Querrá decir los dioses paganos, los poderes del consumismo, replica la nieta del anarquista.
Hemos pasado de la fe religiosa a la fe del hartazgo consumista (no todo el mundo, ya lo sabemos, pero siempre tendremos el consuelo de la caridad del caldo o la sopa boba y un par o tres de canelones para el necesitado), advierte la vidente.
Y a dormir..., que luego tenemos la comida de Navidad y las ya famosas discusiones familiares de cada año (Catalunya, el Valle de los Caídos, Vox, presos políticos, sí, no, políticos presos, la manada, sí, no...). Además, tenemos la fiesta de San Esteban en algunos lugares, como aquí, donde se alarga el festejo y la tradición canelónica, digo, de los canelones, indica la sobrina de la peluquera.
A continuación, Nochevieja. Y después Noche de Reyes, pero ésta ya es otra historia, menos grotesca pese al consumismo feroz: siempre nos quedará aquella ilusión, aquel encantamiento infantil y su memoria, apunta el poeta romántico del barrio.
¡Oigan, ustedes me quieren hundir el negocio con tanto lamento!, exclama la vecina taxista, que trabaja a tope estos días
Amén, digo, "hasta luego, cocodrilo, no pasaste de caimán", cantaban Los Llopis en mi infancia: “Estremécete, ¿qué habrá tras la puerta verde?", canta el humorista.
¡Marchando, infusión de manzanilla y una de bicarbonato!, grita la dueña del bar.

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