Foto: J.X.
Un día, mi amigo el cantante,
me confesó que tenía, muy adentro,
un pequeño diablo,
un ser endemoniado,
al cual había matado
a fuerza de sacrificios.
(No contaba, jamás,
a qué sacrificios
se refería.)
De vez en cuando, sin embargo,
este ser demoníaco,
muerto a manos de él
y sepultado dentro de sí,
resucitaba,
por obra y gracia del azar,
y le obligaba a hacer
“fechorías de higo en rama”,
como él lo llamaba, poetizando
los avatares de la piel.
En
realidad, se trataba
de enamoramientos breves,
o de seducciones efímeras,
que él consideraba
que lo ensuciaban por dentro,
poseyéndolo en cuerpo y alma,
devorándolo,
con el objetivo de alimentar
a ese ser endemoniado
y mantenerlo, dentro, resucitado.
Por mucho que se lavara,
enjabonándose,
frotándose de arriba a bajo,
decía que se sentía sucio.
Sucio, embrutecido,
de la cabeza
a la cintura,
del corazón a los pies,
y, descendiendo,
bajando, bajando,
de los pies
al alma,
y del alma
al vacío.

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