Foto: J.X.
Cuando la veía desde la calle,
atendiendo en la caja del supermercado,
se apresuraba a entrar,
escogía un paquete de té
o de pañuelos de papel,
se dirigía a la caja,
y le preguntaba
a la cajera,
titubeando,
si disponían de cambio de 50 euros.
Siempre la misma pregunta,
a la misma cajera,
que invariablemente
le respondía que sí.
¿Por qué tanto misterio?
Le gustaba,
mediante la operación
del cambio de 50 euros,
demorarse
con las monedas y billetes,
y poder rozarle así
las puntas de los dedos.
Llegando incluso, a veces,
aparentando confusión,
a tocarle bien
parte de la mano.
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