martes, 10 de febrero de 2026

LAS CALLES DEL VÍA CRUCIS

 Foto: J.X.


Sin que la gente se diera cuenta,

él oficiaba un vía crucis personal

por las calles de la ciudad.

Iba de una calle a otra,

en peregrinación,

casi siempre por las mismas calles.

Se paraba frente al escaparate

de esta o aquella tienda,

como si fueran lugares sagrados:

los pasos del calvario

que recorre,

en secreto,

su vía crucis callejero.

Entonces, ahí parado,

delante de cada escaparate,

musitaba en silencio

unas palabras de contrición.

Eran oraciones breves

aprendidas de su tía abuela,

que las inventaba,

lejos de los dioses,

cuyo principio era siempre el mismo:

A ti, amada o amado, me encomiendo.

Oraciones

dedicadas a algunas personas muertas

que lo ayudaban,

con su custodia,

a derretir

el peso

de la cadena de hielo

que llevaba dentro.

Cada palabra rezada,

cada verso,

era una forma de castigo,

pero también de reparación.

Un cargo de muerte

a su vida,

trastocada por amor.


Estas cosas pasan

cuando cuerpo y alma

son un lío continuo,

marionetas de una falacia.


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