Cuenta
la leyenda,
que
no amaba a las mujeres,
ni
tampoco a los hombres,
a los cuales aborrecía.
Se
cuenta que, de niño,
se
había encantado
de
una niña y de otro niño.
La
leyenda no dice
“enamorado”,
sino
“encantado”.
Y
cuenta, además,
que
ya de niño
fue
violentado por fuera,
y
agredido, muy adentro.
"Tienes
ojos de Bambi
mordido por perros de caza",
maldecían
ellos.
"Tienes
ojos de Cenicienta",
maldecían
ellas.
Al
crecer,
el
niño nunca entendió
la
palabra amor.
Y
en cuanto al deseo,
sólo
sentía
curiosidad
malsana
por
averiguar y palpar
la
soledad
de
los escondrijos,
vacíos,
enmascarados
de hojas,
de
algunas hadas furtivas del barrio.
Sólo
deseaba
esconder
su propio vacío
-no
de hombre, ni de niño,
sino
de muerto errante-,
en
el lejano y frondoso
bosque
de esos vacíos.
No
cuenta la leyenda,
pero
sí comentan algunos del vecindario,
que
un día,
quien
había imaginado tanto
los
vacíos,
fue
arrojado a un barranco
desde
un automóvil,
con
un disparo en la cabeza,
por
deudas de no se sabe qué.
Su
cuerpo, al caer,
rebotaba
en las piedras del barranco,
ensangrentando
las escasas flores
y
el vacío infinito.
Esta
es, pues, la historia del amigo
que
no pudo serlo.
Que
hizo, entre broncas y silencios,
su
vía crucis personal,
que
era su manera de andar a solas
por
los límites de la humanidad,
intentando
ser ese amigo
que
estaba destinado a no serlo.
Ya
en su infancia
le
advirtieron
que
“sería de poca vida
y
mucho encantamiento”.
El
hada furtiva del barrio
que
siempre lo había protegido,
como
su ángel custodio,
un
día fue acorralada,
mordida
y despedazada
por
los perros de caza del barrio,
y
lo dejó solo en la tierra,
para
siempre,
hasta que por deudas lo mataron.
Desangrado,
al inicio del camino,
a
los veinte años,
por
una deuda.
Desangrado,
al cabo de los años,
al
final del camino,
por
otras deudas.
Al
final del camino,
una
luz intermitente,
una
débil luz
que
se enciende y se apaga.