Un grupo de turistas entra en el bar. Son hispanistas, profesores, dice la guía turística.
Pasen, pasen, aquí cabemos todos, invita la dueña del bar.
¡Cuantos más seremos, más reiremos!, saluda el humorista.
Pablo Iglesias declina la invitación a la recepción de la Fiesta Nacional, anuncia en un titular el diario “El País” con
motivo del 12 de Octubre, “Día de la Hispanidad", comenta el
politólogo del barrio. Y además, en este artículo, cuentan la odisea de la "invitación al politólogo" Pablo Iglesias, que al parecer no le llegó por vía directa, ¡y llaman politólogo al de Podemos, como a un servidor!, exclama con sorpresa el politólogo del barrio.
Dicen que la cabra legionaria, de un año de edad, se llama Pablo, ¿no será un sentido homenaje al politólogo Iglesias?, pregunta la hermana del informático.
El informativo de la mañana de la emisora católico-fraternal la COPE, después del insulto diario a los que no comulgan con ella (catalanistas, vascos nacionalistas, Podemos, Ada Colau, entre otros), hace también un homenaje a la cabra legionaria, de un año (¿será cabrito, no?), Pablo, mientras se ríen de los tontos y cretinos que no celebran el "Día de la Hispanidad" y dan consejos amables a Albert Rivera, de Ciudadanos, la nueva marca blanca de España, para que no haga caso de "los pelotas del diario "El País" y otros" que le rondan, explica el pitagórico del barrio.
Católica y fraternal, sí, señor, cada día me despierto escuchando sus palabras de esperanza y orgullo nacional, dice la cuñada del dentista, apasionada. ¡Y qué quiere, no vamos a ser complacientes con esos ateos e incendiarios nacionalistas, faltaría más!, exclama la cuñada.
En
Rusia somos nacionalistas y politólogos, pero de otro modo, no como aquí, dice un hispanista ruso.
En
nuestro país de países, EE.UU, no tenemos complejos y somos más politólogos y nacionalistas que nadie, incluso en el lavabo, o.k., pero también somos tan internacionales como nuestro idioma (con acento norteamericano), nacionalistas internacionales, abiertos a cualquier
globalización de las fiestas, dice la hispanista de Alabama.
Nosotros
lo hemos sido y lo somos, aunque lo disimulamos por culpa del pasado,
dice otro hispanista, alemán.
Nosotros no lo somos, opina uno londinense. Hemos sido colonialistas, yes, pero no nacionalistas, y hemos sabido rectificar a tiempo, pregúntenle a Gandhi y a los escoceses.
Nosotros igual, nada de colonialismos, dice un hispanista francés, y continuamos hablando con total normalidad nuestro idioma con los politólogos africanos de las viejas colonias, sin problemas de entendimiento, como nuestros Stendhal y Balzac, que eran muy viajeros.
Yo
no soy nacionalista, dice un cliente nuevo que acaba de entrar, pero sí creo, añade, que
debemos y es justo celebrar algunas fiestas nacionales que nos unen y
hermanan más, aunque seamos de lugares distintos. Nuestras fiestas
de la Hispanidad deben unirnos, no separarnos.
Yo
no soy turista ni nacionalista, responde un vecino de Badalona, pero sí
que seré independentista aquí y allá, donde sea, mientras unos
dirijan la hermandad de las fiestas más que otros. No todos hemos escogido
libremente esa hermandad y su administración de las fiestas.
Nuestras
fiestas son otras, más nacionales e históricas, y deberíamos
celebrarlas con plena satisfacción y concordia, con la mano abierta
al que es diferente, ¡o imputarlo si se pone tonto!, explica la fiscal del barrio.
La
hermandad debe crearse libremente y no por imposición, responde la
sobrina de la peluquera.
Todos,
en principio, parecen estar de acuerdo en celebrar las fiestas,
comenta el pitagórico del barrio. Pero cada uno quiere celebrar sus
propias fiestas. Como la Corona y el politólogo Pablo Iglesias, cada uno por su lado.
Pero
unos tienen sus fiestas más arraigadas, con más fundamento
histórico y jurídico, y los otros no, aunque éstos también celebren sus
fiestas y las llamen nacionales a su modo, pero sin ser sólidas y
unánimes como las otras fiestas nacionales, explica el politólogo del barrio.
Usted
lo ha dicho: unas fiestas que parecen furtivas y clandestinas al
lado de la oficiales anunciadas a bombo y platillo militares, contesta la hija de la bibliotecaria, cuya madre tiene un novio que
toca el tambor, no sólo los tambores de orquesta, dice, haciendo un
gesto provocador.
Tambor, un programa radiofónico de cuentos para niños, en Radio Barcelona, recuerda la librera del barrio.
¡El tambor del Bruch!, esta mañana declaran los imputados president, vicepresidenta y la consellera de la Generalitat, y hay una manifestación esta tarde en la Plaça Sant Jaume, salta y dice la sobrina de la peluquera.
¡Viva la cabra, digo, el tambor de la cabra, no se reirán de nuestros tambores, que son fijos y profesionales, no
como los aficionados y eventuales de la mili de antes!, exclama la cuñada del dentista.
¡A ver quién se atreve a tocar ese tambor subversivo, serán cuatro gatos y el portero!, advierte la fiscal del barrio.
Es
mejor no tener ninguna fiesta oficial ni tambores nacionales, decía mi abuelo, indica la nieta del anarquista.
Tienes
razón, niña, pero siempre que uno no quiera imponerme sus tambores y
quitarme los míos, contesta el pitagórico del barrio.
Es
lo que yo decía, las fiestas deberían unirnos más y así
aprenderíamos a celebrarlas juntos, a toque de tambor, como la fiesta taurina, apunta
el humorista.
¡De
taurina, nada, que ya tenemos "correbous" y "gralles!, no tambores, responde la hermana del
informático.
Veo
que tenemos un problema de fiestas, toros, bueyes, cabras y tambores, apunta el
periodista del barrio.
Y
de jurisdicción festiva, no lo olvide, señor periodista, jurisdicción
festiva constitucional, advierte la fiscal del barrio.
¡Ah,
si es constitucional, punto en boca, y marchando cerveza del país,
digo, constituida aquí y constitucional allá!, dice la dueña del
bar, haciéndose un lío constitucional con la denominación de origen de la cerveza.
Los hispanistas, antes de despedirse, comentan que no han entendido muy bien de qué hablaban los clientes habituales del bar. Serán nuevos términos, mezcla de anglicismo, galicismo, castellano, lengua trovadoresca y variantes occitanas, le comenta el hispanista alemán a la guía turística, que es de Qatar, como el ¡Barça, y olé!, nos dice cantando antes de despedirse y salir del bar.
¡Creo que uno, el alemán o el ruso, se ha ido sin pagar!, comenta el humorista a la dueña del bar, bromeando.
¡No hable mal de los turistas, que son nuestro pan de cada día!, advierte la dueña del bar.
Yo no entro ni salgo en ese negocio, contesta el poeta romántico del barrio.
¡Ni yo!, añade la nieta del anarquista.
"Urnas
y democracia imputadas", dicen unos. "Ellos se lo han buscado",
dicen otros. "¿Hay que cumplir aún las leyes franquistas y otras de hogaño parecidas a las de antaño?", preguntan
otros, más barrocos. Democracia, legalidad, legitimidad y la ley del embudo, comenta el politólogo del barrio, que no se llama Pablo, ni Pablos, el buscón.