sábado, 11 de septiembre de 2021

EL LARGO APRENDIZAJE DEL QUERER

 Foto: J.X.

Fatigada, muy gastada por la vida, explicaba que venía de un extravío amoroso.

Siendo joven, lo había apostado todo a un amor.

Pero al cabo de unos pocos meses aquella apuesta arruinó su juventud para siempre.

Tenía un tesoro de amor oculto que, al abrirlo por vez primera, se desparramó por el suelo y fue engullido por las tinieblas. Desde aquel primer día, ya no supo abrir nunca más ese tesoro de amor que ocultaba y que se desparramaba y se perdía al abrirlo. Se extraviaba su amor, se extraviaba ella.

Creía que se iría recuperando mediante el sueño y la imaginación artística, pero la recuperación real se llevó a cabo mediante una operación quirúrgica de urgencias, a vida o muerte, una noche de invierno.

Una vez curada, sin embargo, con las dificultades del día a día, volvió a recaer. Había tenido una recuperación breve, efímera, como todo en su vida.

Por fortuna, el amor de una persona la salvó del extravío callejero, de la perdición definitiva. Ella creyó que podría corresponder. Lo intentó, pero fue en vano. Volvió a callejear, a perderse en sus extravíos, hiriendo mortalmente a quien estaba a su lado, la cual, queriéndola pese a todo, se enfrentaba a la ruina, a la decadencia de aquel amor.

Ella no sabía corresponder. No podía volver a querer: había desparramado para siempre su tesoro de amor en una puesta arriesgada, en su juventud. Ni siquiera restos amorosos le quedaban de aquella puesta. Lo había perdido todo. Confesaba a una amiga que a veces se sentía como una puta barata de los barrios bajos, como una muñeca manoseada y destripada por groseras manos. 

Sin embargo, quien estaba a su lado aguantó (pese a estar malherida de amor), la mantuvo enlazada con la vida, con el futuro, no dejó que se extraviara para siempre calle abajo, la agarró de un brazo y, una vez más, la salvó de caer hasta el fondo del precipicio.

Ambas -ella y quien estaba junto a ella- recuperaron la dirección de su destino, un lugar de luz en el horizonte. Dejaron atrás, por fin, todos los atajos que conducían al camino de perdición, y envejecieron juntas en un claro del bosque.

Pasado el tiempo, quien estaba a su lado murió, y ella, sola, desamparada, pasó el resto de su vida declarando su amor a quien ya no estaba a su lado, a la ausente. Esas declaraciones de amor la protegerían de extraviarse y perderse de nuevo por los callejones de la ciudad, lejos del lugar de luz que habían encontrado.

Sobreviviría, pues, y caminaría al lado del vacío, hasta que llegara al destino final, donde buscaría a su amada en un claro del bosque. Ahora ya sabía querer y podía ofrecer flores y brindar con su amada muerta, sin extraviarse. Para ellas dos, la cita no era demasiado tarde, aunque sí lo fuera para el común de las gentes, que no sabían convivir con las novias muertas. 

1 comentario:

una lectora corriente dijo...


En cualquier vida y circunstancia, siempre es mas difícil convivir con una persona viva que con una novia muerta. Es casi imposible enseñar a querer aunque lo hagamos a través de un largo aprendizaje, por eso muchas novias que se quieren no lo pueden demostrar mientras viven y les queda el consuelo de esperar a que las novias muertas hayan alcanzado la sabiduría suficiente para amar.