Foto: J.X.
Cuenta la leyenda,
que no amaba a las mujeres,
ni tampoco a los hombres,
a los cuales aborrecía.
Se cuenta que, de niño,
se había encantado
de una niña y de otro niño.
La leyenda no dice
“enamorado”,
sino “encantado”.
Y cuenta, además,
que ya de niño
fue violentado por fuera,
y agredido, muy adentro.
"Tienes
ojos de Bambi
mordido por perros de caza",
maldecían ellos.
"Tienes
ojos de Cenicienta",
maldecían ellas.
Al crecer,
el niño nunca entendió
la palabra amor.
Y en cuanto al deseo,
sólo sentía
curiosidad malsana
por averiguar y palpar
la soledad
de los escondrijos,
vacíos,
enmascarados de hojas,
de algunas hadas furtivas del barrio.
Sólo deseaba
esconder su propio vacío
-no de hombre, ni de niño,
sino de muerto errante-,
en el lejano y frondoso
bosque de esos vacíos.
No cuenta la leyenda,
pero sí comentan algunos del vecindario,
que un día,
quien había imaginado tanto
los vacíos,
fue arrojado a un barranco
desde un automóvil,
con un disparo en la cabeza,
por deudas de no se sabe qué.
Su cuerpo, al caer,
rebotaba en las piedras del barranco,
ensangrentando las escasas flores
y el vacío infinito.
Esta es, pues, la historia del amigo
que no pudo serlo.
Que hizo, entre broncas y silencios,
su vía crucis personal,
que era su manera de andar a solas
por los límites de la humanidad,
intentando ser ese amigo
que estaba destinado a no serlo.
Ya en su infancia
le advirtieron
que “sería de poca vida
y mucho encantamiento”.
El hada furtiva del barrio
que siempre lo había protegido,
como su ángel custodio,
un día fue acorralada,
mordida y despedazada
por los perros de caza del barrio,
y lo dejó solo en la tierra,
para siempre,
hasta que por deudas lo mataron.
Desangrado, al inicio del camino,
a los veinte años,
por una deuda.
Desangrado, al cabo de los años,
al final del camino,
por otras deudas.
Al final del camino,
una luz intermitente,
una débil luz
que se enciende y se apaga.
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