miércoles, 3 de septiembre de 2014

CUENTA LA LEYENDA...

Cuenta la leyenda que hubo un tiempo en que los pueblos podían ser corruptos y felices. Las leyes eran promulgadas en los lugares más insospechados: burdeles, bodegas de palacios, sótanos de cuarteles y monasterios, y sitios así, donde uno podía explayarse y legislar con mayor libertad y placer, lejos del vulgo, de la gente corriente que no dominaba la palabra, la construcción del lenguaje.
En aquellos lugares, que hoy serían considerados pecaminosos, dicen que la corte de los poderosos, mientras abusaban de los menores y de los mayores que estaban a su servicio y que ellos mismos habían corrompido, se dedicaban a discutir y promulgar las leyes para el pueblo, leyes enrevesadas, difíciles de interpretar, a favor de la corrupción y la prostitución de todos los ciudadanos. Pero los fines de semana, cuando todo el pueblo estaba borracho o durmiendo, legislaban otras leyes, unas leyes muy claras sobre la propiedad de las tierras y sus rentas, sobre el trabajo y los impuestos que debían pagarse, sobre la guerra y la sumisión a los mandos, leyes, en suma, sobre la vida y la muerte de todos. 
Dicen que algunos jueces, cuando leían las leyes que habían legislado los poderosos mientras se corrompían, cerraban los ojos y se tapaban la nariz, pero obedecían y las aplicaban contra los habitantes de aquellos pueblos, en aquellos tiempos lejanos, según cuenta la leyenda. 
Un comentario posterior a la leyenda, añade que hubo un juglar que una vez, aprovechando que era la fiesta mayor del pueblo, se atrevió a parodiar a los poderosos y su corte cantando un romance sobre los burdeles, sótanos y cloacas donde se legislaba, donde se hacían las leyes de un modo tan feliz. El mismo día fue detenido, juzgado y condenado a prisión perpetua por corrupción de menores. 

1 comentario:

Miquel dijo...

El reverso de la verdad tiene mil formas y un espacio ilimitado.
Montaige.