sábado, 11 de febrero de 2012

LA METAMORFOSIS, RECICLARSE, O EL NUEVO DESCRÉDITO DE LA REALIDAD

Farola de Gaudí, en la antigua Plaza Real, y portada del libro de Joan Fuster














El optimista del barrio, paseando por la Plaza Real, dice que está en horas bajas, descreído, desconfiado, agobiado por el descrédito de la realidad, de la política y del arte ("El descrèdit de la realitat", como decía el escritor Joan Fuster en su libro sobre arte moderno). En una palabra, pesimista, el optimista del barrio está hoy pesimista.
Empresarios que bajan la puerta a medias o cierran defitivamente, trabajadores en paro que se reciclan para el nuevo paro, agricultores cansados que dejan de cultivar, artistas extraviados y conducidos al mercado, donde sólo "deben crear" y crean lo que se compra y se vende, sin riesgos ni experimentos ("los experimentos, con gaseosa, joven!", recriminó Eugeni d'Ors a un camarero que descorchó mal una botella de champán), sin investigar ni ir más allá de lo que demanda el mercado.
Por otro lado, todo es mercado, dicen e insisten los políticos y sus políticas culturales, y nuestro optimista pesimista, hoy contagiado y resfriado, dice también lo mismo: todo es mercado, reglamentado y firmado según las necesidades del mercado, donde el individuo es sólo una pieza reparable, desfasada o substituible, un simple párrafo del contrato.
Todo el lenguaje del mercado está en función de la mercancía: la obra, la persona, el contrato laboral, el  contrato social, el contrato familiar, el contrato matrimonial, el contrato de separación y divorcio, el contrato póstumo del testamento, la incineración contratada o la resurrección recomendada, todo es mercado, todo ha de estar firmado, todo es mercancía contratada y firmada, hasta su consumo y extinción. Muerto y transformado el producto final del trabajo en basura reciclable. Excluida la pieza irreparable, excluida y muerta la función del cuerpo y el espíritu, subtituida por otra pieza de recambio en el engranaje del mercado.
Yo vendo, tú compras, yo me vendo, tú me compras, así nos entenderemos mejor en el último rincón de la historia, todo es cuestión de precio, ya que el valor real de las cosas es relativo, secundario y además no importa.
Eso va bien, lo estás aprendiendo, eres una pieza de recambio.
Eso va bien, por fin lo has comprendido, pasa el tiempo y has sido una pieza de recambio, pero ahora ya no sirves, te has estropeado y vamos a poner otra pieza: el descrédito de la realidad y el individuo. Pero, ¿hasta cuándo?, pregunta sin humor el humorista del barrio, ¿hasta cuándo? El optimista del barrio no responde y sigue paseando con su pesimismo al lado, como un vecino más, y a ambos se les cae una pieza, y el humorista del barrio les dice que han perdido un tornillo. Al final, los tres se ríen, salen de la Plaza Real y se pierden en la noche de la metamorfosis.



















El suplente del cronista

3 comentarios:

Al-Juarismi dijo...

Menos mal que el cerebro no pueden reformárnoslo por decreto. Saludos.

comentarios en Facebook dijo...

Mery Sananes: Tiene razón el optimista. Todo lo que dice es cierto. De modo que no hay razón alguna para darle crédito a una realidad cuyo centro es la mercancía, incluyendo al hombre. Sólo que hay que ser opimista más allá de ese descrédito. Nadie me ha negociado desde que llegué a este barrio. Aquí me siento libre, aún con quien disiente de mi. ¿No será suficiente motivo para el optimista del barrio lo siga siendo a pesar de todos los pesares? Si él dejara de serlo ¿qué nos quedará a los que llevamos algún dolor cosido al ala?

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Inma Arrabal Cano y 5 personas más les gusta esto..

J. L. Ferraz: Cronología crónica, bipartidismo y patafísica política.

Mery Sananes: El verdadero optimista es aquel que, aún sabiendo que todo eso es la realidad y su descrédto,aún sueña que con su sola sonrisa puede ayudar a que el mundo algun día cambie, recobre su luz. Dejar que el pesimismo lo gane es no advertir que esa ha sido la triste historia de la humanidad y que el progreso ha servido para darle nuevos nombres a los mismos sufrimientos. ¿No es acaso una ilusión optimista esta pensión, este barrio? Es mejor perder el tornillo del pesimismo, que es otra mercancía más que nos venden para anularnos, y hacer como hicieron nuestros queridos pesimista y humorista del barrio, irse con lo mejor que tienen: su sonrisa.