domingo, 19 de septiembre de 2010

LAS NEVERAS Y EL ARTE

Matilda Sagan, 2+1 Neveras en la Estación de Francia (Barcelona)



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Todo en la nevera, te anuncian, puedes ponerlo todo en la nevera, pero no cabe todo, capacidad limitada, son demasiadas cosas, abulta demasiado lo que quieres poner y conservar en la nevera, no hay frío suficiente ni lugar para dar cabida a tantas cosas, muchas de las cuales a lo mejor no necesitas ni merecen ser conservadas, entonces, ¿por qué tanta nevera, cada vez más grande, monstruosa?, ¿adónde quieres ir a parar con tanta mercancía guardada, que ya ni cabe en la nevera gigante?, ¿para qué conservar tantas cosas que el tiempo igualmente corromperá tarde o temprano?
Lástima, dice un vecino contemplando las neveras, que no existan poemas frigoríficos, para guardar los recuerdos esos que te va dando la vida, buenos y malos recuerdos.
Sí que existe una poesía frigorífica, responde otro, incluso poesía congelada, aunque no de muy buena calidad, no tiene ese sabor a alimento auténtico al ser degustada o leída.
Pues yo prefiero la poesía fresca, como verdura o fruta del tiempo, explica el hijo del tendero, una poesía que no haya pasado por la nevera, cuya naturaleza no haya sido previamente congelada y que contenga aún todas sus virtudes nutrientes.
No todo es tan fresco como parece, dice otro de más allá, ni fresco ni sabroso: a menudo se parecen demasiado lo fresco y lo congelado, puesto que lo vendido como tal, como fresco, sale en realidad de cámaras frigoríficas y tiene falsa aperiencia, falso brillo de natural. De donde resulta que ambas, la poesía fresca y la congelada, provienen en realidad de una mala congelación en frigorificos de otra época, muy estropeados, muy gastados ya por el uso.
Y así, hablando de poesía y frigoríficos, nos vamos alejando de la Estación de Francia, donde estos días ha habido una exposición de neveras transformadas, viejas neveras, neveras muertas, unas mejor poetizadas que otras, pero todas ya sin aquel frío doméstico dentro, necesario, para conservar las cosas, quizá demasiadas cosas.

2
Un poema en prosa de José Antonio Labordeta:

Para qué vamos a desmontar los cajones empolvados de los armarios. ¿Para qué? Estarán repletos de cadáveres cintas de colores crucifijos y textos apagados por la luz de los días. Estarán secretamente ocultos todos los grandes barcos que hundimos allí en los naufragios diarios que será doloroso ver los ojos perdidos de los muertos y escuchar el pequeño lamento de un espejo oculto en un rincón cualquiera del enorme desván de la azotea.
Para qué desmontar dentaduras postizas y labios que no besó ningún amante. ¿Para qué?

("Los olvidos", IV, del poemario Tribulatorio)

El becario del suplente del cronista

5 comentarios:

Ulises dijo...

Esperemos que a los poetas no les dé ahora por entrar a fisgonear en las neveras de los demás.

Guisantes congelados

Ulises dijo...

¿A que se refiere el comentario del becario? No lo tengo claro. ¿Poesía congelada, poesía fresca?, ¿Sentimientos congelados en el frigorífico anticuado, que ya no funciona? ¿Poesía congelada que se ha estropeado en la nevera?

Confusa

Ulises dijo...

Ahoa que recordamos a José Antonio Labordeta, cantante, poeta y político, sería también momento de recordar a su hermano, Miguel Labordeta, magnífico poeta, más experimental. "Se sirven económicos éxtasis", dice en su libro "Epilírica", publicado en Ed. LUmen. También hay libros suyos en la Col. "El Bardo" y en "Ocnos".

Una lectora

Ulises dijo...

Fragmento de un poema de José Antonio Labordeta, titulado con un verso de César Vallejo, "Nos haces una falta sin fondo", en el que recuerda a su hermano Miguel:

Miguel:
mamá te vuelve a descubrir
cada mañana
y mira tus camisas,
tus viejos pantalones,
tu boina de domingo,
tus zapatos de campo y de paseo
y te gesta de nuevo,
esta vez a lágrimas y llanto.
Mi hija
-Ana pequeña ahijada tuya-
me pregunta cuándo vas a nacer
de nuevo,
para volver aquí, a nuestro lado.
Y todo el gesto duro
de la vida,
se vuelca en mi costado
dañándome la ausencia
conque nos has dejado.

Ulises dijo...

Muy bueno el poema en prosa de José Antonio Labordeta, y el de Miguel Labordeta, su hermano, del que no conocía nada.

Insurrecta