viernes, 31 de octubre de 2008

Recado de Granada o la fuente de los leones que custodian a la dama

Nada más asomarme a la habitación del piso catorce del hotel descubro que la belleza y la armonía del pasado no enseñan nada a los constructores del presente. Delante se alza una mole tan polifémica como la que me aloja, aunque esta tenga la virtud —para mí— de que no la veo. Se trata de un edificio obeso, avejentado, dispar y de una fealdad que requiere una cierta contemplación para encajarla. Esta es una de las Granadas que uno encuentra: una ciudad fea, provinciana, chusca, poblada de edificios que tal vez firmaron los arquitectos de nota más baja en su promoción. De hecho, esta Granada no es diferente a muchas otras ciudades españolas que han crecido amparadas por una burguesía torpe, conformista, insulsa e ignorante. En Granada, sin embargo, que tiene enfrentadas las dos laderas más hermosas del país, el crimen resulta pavoroso. La Alhambra y el Albaycín, cara a cara, como dos enamorados de la belleza del otro, se contemplan extasiados. Y uno corre de una ladera a otra sin saber con cuál quedarse. Desde la Torre de la Vela el Albaycín es un barrio de una armonía que emociona. Desde el mirador de San Nicolás, la Alhambra —enmarcada por las cumbres nevadas de la sierra y rodeada de una frondosidad de acuarela— muestra una imagen tan grandiosa que da la impresión de que no cabe en la realidad. Un poco más allá de este encuentro de enamorados entusiastas uno de otro, las dos laderas cambian sus papeles dramáticos. La que mira al norte continúa pletórica de una vegetación feraz y desmesurada. En la ladera opuesta, cara al sur, sólo crecen chumberas y matorrales ratizos. En los pliegues del monte se ven las puertas —de diversos grados de pobreza, algunos de gran dignidad, pero otros adscritos al aluminio como si se tratara de puertas de un bloque cualquiera— de las cuevas. El Sacromonte posee aspereza, sequedad, carencia y penuria. Frente a frente, el vecino rico del norte y el vecino pobre del sur: parece un tópico y sin embargo cabe en una misma mirada sobre el barranco que traza el Darro al entrar en Granada. ¿Con qué Granada se quedará mi alma? No con la fea y provinciana, desde luego, pero tampoco con la laberíntica musulmana, ni con la lujosa nazarí… Mi corazón se queda en el Sacromonte, a las puertas de una cueva, escuchando cómo el caldero se moldea con golpes secos sobre el metal. Como el poema.
JAC

1 comentario:

José Manuel Chico dijo...

"Dale limosna mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser ciego en Granada".

Afortunadamente Granada es una ciudad de muchos ojos. Es capaz de ser sentida muy fácilmente.