lunes, 13 de octubre de 2008

Alguien trata de engañarnos

Algunos libros de los últimos años, y no me refiero en especial a los de Gimferrer, despiertan ciertas sospechas sobre la función de la poesía amorosa, o amatoria, en el presente. Con independencia del valor literario de los títulos publicados, el fenómeno ha adquirido tintes sociológicos. Se trata de autores que se encuentran entre esa fase que los psicólogos llaman «el sol del mediodía» —cuyo paciente más emblemático es el Quijote— y la jubilación. Tal vez fueran poetas prometedores en su juventud, pero han dedicado la madurez a crear un impresionante currículum o una fortuna razonable. De hecho, todos nos hemos dado cuenta de que durante estas décadas unos han fortificado su posición académica y otros su cuenta bancaria. En este período intermedio de sus vidas, de repente han descubierto el amor. Y han decidido celebrarlo con un libro de poesía dedicado a vitorear la novedad, y a la dama que la ha propiciado. Hasta aquí el retrato sociológico que, a poco que uno haga cuentas, descubrirá que acaso sea también el de una generación.
La poesía amorosa ha sido tradicionalmente una manera de cifrar las ideas sobre la vida. Garcilaso, Quevedo, Bécquer, Cernuda… su poesía amatoria linda más con la filosofía que ninguna de las otras artes de su época. ¿Qué idea sobre la vida dejan estos autores que redescubren el amor entre el sol del mediodía y la jubilación? Quienes arrastramos nuestro penoso currículum y nuestra anoréxica cuenta bancaria, es decir, los lectores de poesía, en general no estamos para estas fiestas de cohetes que es enamorarse a los 60 con rubores de quinceañero. No por la escasez de currículum o cartilla, que nada tiene que ver con subirse al carro de los aplausos, sino porque el amor ha sido para nosotros, los lectores de poesía, un lento, hondo, agotador trabajo diario de amar. En el que hemos dejado nuestra vida porque un día comprendimos que eso era lo más importante, y que cargos y dinero no valían nada al lado de una caricia, un paseo por el monte, una tarde jugando con los niños. Nosotros, los lectores, ahora leemos esos libros celebratorios del amor repentino y sentimos que nos insultan. Que nos dicen: mira qué tonto eres: yo me he pasado la vida ganando medallas y billetes, y ahora lo disfruto enamorándome como un quinceañero y empezando la vida desde el principio, pero con tratamiento vip y buenos restaurantes. ¿Qué hacemos, nosotros, los lectores, ante tal obscenidad? ¿Qué idea de la vida cifra esa utillería amatoria de quienes han despreciado durante décadas la poesía a favor de la prosa de los currículos y los dineros, y ahora nos restriegan su ingenuidad amorosa como si acabaran de nacer?
JAC

9 comentarios:

MCM dijo...

Creo sinceramente que lo que tenemos que hacer es o bien ignorarlos o bien denunciar su falta de pudor o de vergüenza intelectual, si es que se pude decir así. En realidad son unos falsarios en cuanto al sentimiento amatorio y los desahogos que muestran en su, llamémosle, poesía no es más que chochez de viejo verde. Delibes en una novelita deliciosa "La hoja roja" ya nos explicó el sentimiento de esos hombres que están a las puertas de la jubilación y que ven que se les acaba el tiempo.
La poesía amatoria de Gimferrer, pues de eso se trata, es un vómito de viejo verde que toda la crítica con menos vergüenza que él ha loado exageradamente.
Tal vez nos quieran engañar pero no van a conseguirlo.
MCM

laMaragda dijo...

Sabíamos que era un erudito
insufrible, pesado, tostonazo,
mas tornado después de amor en vilo
confirman que se ha vuelto turulato.

LaMaragda

Juan Pablo Roa Delgado dijo...

No he leído el libro de marras de Gimferrer, pero no puedo dejar de criticar la crítica. Yo no me saldría del terreno del artefacto: el libro de poemas o el poema «equis» en sí mismo. Criticar las cuentas bancarias de autores famosos o mofarse de su paisaje moral para atacar su poesía me parece confundir los términos. Poeta no tiene por qué ser sinónimo de santo, pobretón, ermitaño o sabio. ¿Saint-John Perse es mal poeat por haber sido un político de derechas?; ¿Pound una mediocridad andante por estar del lado de Mussolini y del neonazismo? Que hablen Los Cantos, que hable el Anábasis. Además, me suena a dogma eso de que «nosotros los lectores de poesía» (¿los simples lectores?) nos supongamos pobres y con currículum penoso es lo mismo que decir: «nosotros somos la verdad». ¿Marcial nos parece mal poeta porque era un inmoral en su vida privada? ¡Y en cambio, siguiendo esa moral de bar a punto de claudicar, nos parece admirable que Baudelaire se humillara ante su padradastro y su madre para que le pasaran el dinero necesario para su vida maldita... No sé, Las flores del mal tienen (tendrían) que ir más allá de los palos de ciego que su autor diera en la esfera de su vida íntima. De lo contrario estamos reabriendo el caso legal del siglo antepasado contra este libro, por moral y escandaloso. Vil censura.

Juan Pablo Roa Delgado dijo...

Me faltó la partícula «in», al final: tenía que decir inmoral.

MCM dijo...

Juan Pablo, no se trata de tener la verdad,tampoco se trata de que la poesía sea moral o inmoral.Líbrenos dios,si es que existe,de añadir la palabra moral o su contraria al lado de una obra literaria(o artística si se quiere).Hablamos de un caso concreto, la poesía amatoria de un poeta más que reconocido que ha conseguido todos los reconocimientos habidos y por haber y que es sencillamente mala, impostada, más falsa que un duro sevillano y que ha sido acogida por los críticos como si de una obra de arte definitiva se tratara.
A estas alturas creo que ninguno de los participantes en este blog se escandaliza por una teta o un culo más o menos.La poesía es otra cosa.
mcmrsi1

Ulises dijo...

Dice MCM que en la sociedad literaria se abusa de los reconocimientos públicos de determinados escritores.Cierto. Parece un tanto sospechosa la "unanimidad en la fe poética", en este caso por parte de la crítica digamos oficial.¿Debe el poeta confiar en esa unanimidad, no le estará perjudicando en realidad? Por otro lado, como muy bien apunta Juan Pablo Roa, no debemos desviarnos de la obra en sí, del análisis del lenguaje, del tema de la obra, valorando críticamente el estilo del autor. Lo importante es debatir estas cuestiones estéticas y las imposturas del "halago unánime" (¿nadie duda?), que no se atreven, o no pueden, formular en público los suplementos y revistas literarias al uso. Autores y lectores necesitamos una crítica sana y valiente, no meros halagos a los conocidos y el heroico palo a los desconocidos.
AT

Juan Pablo Roa dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan Pablo Roa dijo...

Una cosa más, MCM. Cuando dices que «A estas alturas creo que ninguno de los participantes en este blog se escandaliza por una teta o un culo más o menos», estás dejendo por fuera la mitad de la película. Si digo «moral» no va en ese sentido, sino en el sutil aspecto de la ideología, en el sentido connotativo de Roland Barthes en su libro Mitologías (¿alguien sabe cómo se ponen las cursivas en esta ventanita?): aquello que se esconde entre líneas y que nos desenmascara en una obra o en el trance de la risa o de contar un chiste (revelamos una escala de valores, sin quererlo, o mejor, que a todos se nos ve el cobre, y somos susceptibles de que nos lo señalen).

Juan Pablo Roa dijo...

Las cosas en su sitio: no sé cómo editar las entradas ya publicadas, pero he de corregir algo de lo dicho, tras pasar por una librería y ver por encima el libro. He constatado lo siguiente: no es verdad que Gimferrer haya vuelto a firmar como Pedro, por lo que una buena parte de lo que he dicho es chismorreo. Eso sí, que un peso pesado como él, en poesía catalana, vuelva al castellano para publicar su obra maestra algo querrá decir. O no. A lo mejor es que nos rompemos el coco por estupideces. ¿Es mejor el Petrarca en latín, o en lengua vulgar? Creo que me he precipitado. Publicar en una lengua o en otra, ¿qué más da? Si se logra un puen libro, ya está. En el Medioevo este planteamiento sería una sandez. Creo que sin leer es mejor no opinar. Yo el primero.